Ing. Miguel Ángel Gallardo Ortiz en WWW.CITA.ES
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Autoridades tecnológicas y tecnologías de autoridades
Un trabajo para la asignatura "Teoría de la Sociedad"

Antecedentes y planteamiento

El 16 de enero de 2006 hicimos una presentación en clase del libro sobre La configuración social de la tecnología editado por MacKenzie et al. (eds.), The Social Shaping of Technology, Philadelphia: Open University Press, 1985, con algunos comentarios sobre su segunda edición. Con gusto enviaré el archivo PowerPoint con el que se ilustró la exposición, pero sin duda, lo más interesante fue el debate que surgió sobre el artículo ¿Tienen política los artefactos? de Langdon Winner "Do Artifacts Have Politics?" (1983), que posteriormente el profesor me envió en formato Word, junto al artículo de Engels "De la autoridad" y diversa correspondencia (de Engels con Theodor Cuno, y de Marx a Abraham Lincoln) que hacen reflexionar y sugieren el título que se ofrece como "Autoridades tecnológicas y tecnologías de autoridades".

Al tratarse de una asignatura teórica, la Historia documentada permite hacer un análisis de la actualidad y una perspectiva de la dualidad existente entre autoridad y tecnología, porque no se concibe una autoridad que no ejerza un control tecnológico, ni una tecnología que no esté, de alguna manera, al servicio de "quien manda al que manda". La dinámica de la sociedad, y la evolución de la tecnología, ofrecen claros ejemplos, y paradigmas, del control del Poder por medio de todo tipo de artefactos, pero también, los políticos acaban por ser controlados por la tecnología que utilizan, y en cierto modo, el auténtico ejercicio del poder en nuestra era pasa por ejercer el poder tecnológico.

Por razones que el profesor conoce, mi prioridad actual es la policiología, y en especial, la ética y la deontología policial, interpretando su régimen disciplinario y las reformas que sería deseable permitieran aumentar el control civil de las autoridades policiales. La tecnología puede, y debe ser, uno de los medios para evitar abusos de autoridad, corrupciones, y en definitiva, delitos, pero también faltas, que las autoridades policiales cometen, o encubren, y al mismo tiempo, merece la pena reflexionar sobre el uso y el abuso, pero también sobre la ignorancia, de las autoridades policiales, en tecnologías que, de ser bien conocidas y correctamente utilizadas por la Policía, contribuirían a la mejora de la seguridad colectiva y el más deseable orden social (nunca impuesto), sin limitar las libertades individuales.

Recordamos aquí la luminosa frase de Benjamin Franklin: "They who would give up an essential liberty for temporary security, deserve neither liberty or security" (que traducimos así "Los que sacrifican la libertad esencial por la seguridad temporal, no merecen ni la libertad, ni la seguridad")

Un análisis intertextual de F. Engels y Langdon Winner

Las técnicas y métodos en Filosofía suelen centrarse en el comentario de texto. El análisis intertextual, más allá del parafraseado, permite relacionar las ideas de un pensador con las de otro siguiendo criterios muy diversos. En primero de Filosofía tuvimos una primera experiencia en la asignatura de Ontología Fundamental comentando un texto de Platón con otro de Aristóteles, y yo mismo publiqué la mía en http://www.cita.es/filosofar/sofista

Dos autores, aparentemente tan lejanos en el tiempo, en la ideología, y sin escenarios comunes, como lo son Engels y Winner, posibilitan y sugieren múltiples combinaciones de sujetos, objetos y relaciones a comentar, pero en "De la autoridad" y en "¿Tienen política los artefactos?" hay algunos conceptos comunes, aunque sean vistos desde momentos, ángulos e intepretaciones muy diferentes por uno y otro autor. Ninguno de los dos menciona ni una sola vez a la Policía, pero la lectura conjunta de ambos sugiere el título Autoridades tecnológicas y tecnologías de autoridades como la cita que hago de mi propio trabajo publicado en http://www.cita.es/filosofar/carece

Por tanto, ¿reconocemos que, cuando uno al ver algo piensa: lo que ahora yo veo pretende ser como algún otro de los objetos reales, pero carece de algo y no consigue ser tal como aquél, sino que resulta inferior, necesariamente el que piensa esto tuvo que haber logrado ver antes aquello a lo que dice que esto se asemeja, y le resulta inferior. (PLATÓN, Fedón, 74 e)

Engels comienza su artículo como si fuera, y muy probablemente fuera, una reacción contra la condena socialista del principio de autoridad, literalmente así: "Algunos socialistas han emprendido últimamente una verdadera cruzada contra lo que ellos llaman principio de autoridad. Basta con que se les diga que este o el otro acto es autoritario para que lo condenen. Hasta tal punto se abusa de este método sumario de proceder, que no hay más remedio que examinar la cosa un poco más de cerca. Autoridad, en el sentido de que se trata, quiere decir: imposición de la voluntad de otro a la nuestra; autoridad supone, por otra parte, subordinación. Ahora bien; por muy mal que suenen estas dos palabras y por muy desagradable que sea para la parte subordinada la relación que representan, la cuestión está en saber si hay medio de prescindir de ella, si —dadas las condiciones actuales de la sociedad— podemos crear otro régimen social en el que esta autoridad no tenga ya objeto y en el que, por consiguiente, deba desaparecer".

Winner se centra en una polémica provocativa, también relacionada con la autoridad, literalmente así: "En las controversias acerca de la tecnología y la sociedad, no hay ninguna idea que sea más provocativa que la noción de que los artefactos técnicos tienen cualidades políticas. Lo que está en cuestión es la afirmación de que las máquinas, estructuras y sistemas de nuestra moderna cultura material pueden ser correctamente juzgados no sólo por sus contribuciones a la eficacia y la productividad, ni simplemente por sus efectos ambientales colaterales, sino también por el modo en que pueden encarnar ciertas formas de poder y autoridad específicas. Dado que algunas de estas ideas tienen una presencia persistente e inquietante en las discusiones sobre el significado de la tecnología, es necesario prestarles una atención explícita".

Engels refuerza su apología de la autoridad con el argumento: "Querer abolir la autoridad en la gran industria, es querer abolir la industria misma, es querer destruir las fábricas de hilados a vapor para volver a la rueca". Desde la persctiva del siglo XX, y aún más en el siglo XXI, esta frase, en mi opinión, anticipa el stalinismo. Y peor aún, la última conclusión de Engels es todo un blindaje para la autoridad: "Así pues, una de dos: o los antiautoritarios no saben lo que dicen, y en este caso no hacen más que sembrar la confusión; o lo saben, y en este caso traicionan el movimiento del proletariado. En uno y otro caso, sirven a la reacción". Si los antiautoritarios sólo siembran la confusión, los autoritarios ¿qué hacen? ¿y qué obligan a hacer? ¿pirámides? ¿y qué dan? ¿pan y circo? No es lo mismo alcanzar el orden y la paz, pero desde la democracia, que alcanzar la democracia, pero desde el orden y la paz.

Para Winner, "...no resulta sorprendente descubrir que los sistemas técnicos se encuentran profundamente entretejidos con las condiciones de la política moderna. Las organizaciones físicas de la producción industrial, la guerra, las comunicaciones, etc., han alterado de forma esencial el ejercicio del poder y la experiencia de la ciudadanía. Pero ir más allá de este hecho evidente y defender que ciertas tecnologías poseen en sí mismas propiedades políticas parece, a primera vista, algo completamente erróneo. Todos sabemos que los entes políticos son las personas, no las cosas. Descubrir virtudes o vicios en las aleaciones de acero, los plásticos, los transistores, los circuitos integrados o los compuestos químicos parece una absoluta y total equivocación, un modo de mistificar los artificios humanos y de evitar plantar cara a las auténticas fuentes, las fuentes humanas de la libertad y la opresión, la justicia y la injusticia. Echar la culpa al hardware parece incluso más estúpido que culpar a las víctimas cuando se juzgan las condiciones de la vida pública". Y añade que "lo que importa no es la tecnología misma, sino el sistema social o económico en el que se encarna".

Como no podría ser de otra maneral, los ejemplos que Engels y Winner ofrecen están distantes en varias generaciones tecnológicas y en sociedades estructuradas, o desestructuradas, de maneras bien distintas. Pero Winner se atreve a cuestionar a Platón con la pregunta: ¿Estaba Platón en lo cierto al decir que un barco en alta mar necesita estar gobernado por una mano firme y que esto sólo puede conseguirse mediante la presencia de un único capitán y una tripulación obediente?

La conclusión de Winner es clara: "Mi opinión de que deberíamos prestar más atención a los objetos técnicos en sí mismos no quiere decir que podamos pasar por alto los contextos en los que están dados tales artefactos. Un barco en alta mar puede muy bien necesitar un único capitán y una tripulación obediente. Pero un barco averiado, en la dársena, sólo necesita personas que lo reparen. Entender qué tecnologías y qué contextos son los realmente importantes para nosotros es una empresa que implica tanto el estudio de los sistemas técnicos específicos y de su historia como el estudio completo de los conceptos y controversias de la teoría política. Hoy por hoy, la gente desea a menudo hacer cambios drásticos en sus modos de vida acordes con la innovación tecnológica y, al mismo tiempo, se resiste a cambios similares justificados sobre bases políticas. Si no es por otra razón, al menos por esa es necesario lograr una visión acerca de estas cuestiones más clara que la que hemos tenido durante demasiado tiempo".

Autoridades tecnológicas y tecnologías de autoridades

Considerando las ideas apodícticas (autoritarias y contra-anti-autoritarios) de Engels, y las más apofánticas (expuestas por la retórica sobre paradigmas) de Winner, críticamente podemos enfocar la dualidad del poder y la tecnología, por un lado en la tecnología del poder, y por otro en el poder de la tecnología.

El poder ejecutivo, el legislativo, el judicial, y también la prensa y más aún los corporativismos, básicamente tienen dos maneras de influir en los desarrollos tecnológicos que se ilustran bien con el palo (la represión, prohibición, ilegalización, normalización o regulación excesiva y su gravamen con tasas e impuestos), y la zanahoria (compras y financiación de proyectos, subvenciones, requerimientos e imposiciones a terceros para que utilicen algo obilgatoriamente, desgravaciones fiscales y cualquier otro tipo de incentivo).

A su vez, los tecnólogos ofrecen lo mejor de lo que tienen al poder, porque la alta tecnología acaba por tener como principal cliente al poder, y el poder siempre se quiere perpetuar sometiendo a quien se atreva a cuestionarlo. Evidentemente, el poder se ocupa y preocupa sólo de lo escaso, de lo imprescindible, de lo ventajoso, y no se preocupa de lo abundante, prescindible o indeseable. Mucho de lo que a Engels le parecía fundamental (industria, maquinaria de vapor, etc.), deseable o necesario (según lo que él llama "condiciones económicas, industriales y agrícolas") ya no lo es. Y sin embargo, ahora hay tecnologías de la información que sólo están al alcance del poder económico o político. Otras tecnologías tienen su valor, precisamente, en que han surgido del uso popular, y ofrecen información sobre la sociedad en su conjunto. Un caso paradigmático es el de Google y los recientes requerimientos del gobierno norteamericano. La noticia:

Google se niega a entregar a un tribunal una lista con las búsquedas que efectúan sus usuarios
Efe. 19.01.2006
El Departamento de Justicia de EEUU ha pedido al buscador de Internet Google, al gigante informático Microsoft, y a los buscadores Yahoo y America Online (AOL) que entreguen su base de datos con millones de registros de las búsquedas que efectúan sus usuarios. Google se ha negado en redondo....

La Unión Americana para la Defensa de los Derechos Civiles (ACLU), el grupo más grande de estas características en el país, interpuso una demanda contra esta medida, bajo el argumento de que atenta contra la libertad de expresión protegida en la Primera Enmienda.

Un abogado de ACLU señaló a News.com que Microsoft, Yahoo y AOL recibieron idénticas peticiones a las de Google, pero optaron por cumplirlas en lugar de enfrentarse a los tribunales.

hace pensar en las difíciles relaciones entre el poder y las actuales tecnologías de la información.

Los paradigmas han cambiado, pero el armamento, y las tecnologías para la seguridad son más exclusivas aún de la autoridad, hasta el punto de que sólo la autoridad puede utilizarlas legalmente en muchos casos.

La utilización del espectro radioeléctrico para todo tipo de comunicaciones privadas (GSM, GPRS, UMTS, etc) y difusión pública de información (radio, TV), o bien su interrupción (próximo apagón analógico de todas las televisiones que actualmente funcionan), y también Internet, son objeto de múltiples regulaciones, en ocasiones contradictorias, abusivas o inoperantes.

Muchos empresarios todavía no son plenamente conscientes pero en España existe una norma, la Ley Orgánica 15/1999 de Protección de Datos, que obliga a las empresas españolas a inscribir en la Agencia de Protección de Datos los ficheros de la compañía que contengan datos personales. También establece la obligación de cumplir una serie de requisitos que garanticen que no se realiza un uso ilegal de los datos contenidos en los ficheros. Se trata, en definitiva, de proteger el derecho a la intimidad y de impedir que un cliente o trabajador de una empresa, que facilita sus datos de carácter personal de buena fe, contemple impotente como su información personal acaba en bases de datos comerciales de todo tipo y acabe siendo bombardeado a publicidad.

Las inspecciones no son muy numerosas, pero si existe una denuncia la Agencia de Protección de Datos interviene. Y las sanciones son muy importantes: de 600 euros si la infracción es leve y hasta 600.000, si es calificada como muy grave

La Ley de Protección de Datos pretende proteger al ciudadano de los usos comerciales abusivos y garantizar su derecho a la privacidad. Pero lo que estaría en riesgo, de prosperar la idea de que los gobiernos pueden controlar las búsquedas en internet, bien a través de los buscadores, bien a través de los servidores de servicios de internet (ISP), es la propia idea del anonimato en internet. A día de hoy es algo aceptado, y de hecho así ocurre en España, que las autoridades pueden pedir a los gestores de los servidores de internet información sobre un usuario localizado y en persecución de un delito concreto. El cambio que plantea la petición del gobierno americano es que no se piden datos de un usuario concreto sino grandes volúmenes de información, no vinculada a un delito en particular. Se solicitan en virtud de causas genéricas como la lucha contra la pornografía o el terrorismo.

En la EXPOSICIÓN DE MOTIVOS (quizá la parte más filosófica de toda norma) de la LEY 34/2002, de 11 de julio, de servicios de la sociedad de la información y de comercio electrónico, puede leerse:

Lo que la Directiva 2000/31/CE denomina «sociedad de la información» viene determinado por la extraordinaria expansión de las redes de telecomunicaciones y, en especial, de Internet como vehículo de transmisión e intercambio de todo tipo de información. Su incorporación a la vida económica y social ofrece innumerables ventajas, como la mejora de la eficiencia empresarial, el incremento de las posibilidades de elección de los usuarios y la aparición de nuevas fuentes de empleo. Pero la implantación de Internet y las nuevas tecnologías tropieza con algunas incertidumbres jurídicas, que es preciso aclarar con el establecimiento de un marco jurídico adecuado, que genere en todos los actores intervinientes la confianza necesaria para el empleo de este nuevo medio.

¿Confianza necesaria? Dejemos esta pregunta en el aire.

Policía en las tecnologías y tecnologías policiales

La autoridad más inmediata la ejerce la Policía. Lo que la Policía hace o deja de hacer, lo que debe hacer o no debe hacer, y cuanto puede utilizar para hacerlo evidencia el modo de vida de una sociedad más que ninguna otra cosa. El control civil de las actividades policiales, la manera de resolver los problemas, de sancionar las faltas y de juzgar los delitos de policías en el ejercicio de sus responsabilidades, y también cuando no están de servicio pero mientras siguen siendo policías, determina el grado de libertad de cada individuo en cada una de las dimensiones de su propia libertad.

Entre el Estado Policial más férreo e intolerante, y el caos de la inseguridad e impunidad más absoluta no sólo existen múltiples situaciones intermedias, sino que también hay paradojas porque la libertad y la seguridad no son valores inversos. Se puede sacrificar gran parte, o incluso toda la libertad, y aún así, tener mucha inseguridad, y al contrario, se puede disfrutar de una gran libertad y al mismo tiempo, tener gran seguridad. Pero el problema filosófico está en la definición, la clasificación y la argumentación sobre la Libertad y la Seguridad, mientras que el tecnológico está en su medida, y en la instrumentación para su mejora.

¿Cómo puede medirse la libertad? ¿Cómo puede medirse la seguridad? El que puedan medirse o no es un problema filosófico, y la tecnología muchas veces pretende dar alguna medida interesada para justificarse a sí misma.

Filosóficamente, yo diría que no puede hablarse propiamente de libertad o seguridad, sino más bien, de lo que habría que hablar es de la falta de una y de otra, de cada prohibición, de cada represión, de cada atentado contra una y contra otra, o contra las dos al mismo tiempo. Y hay que distinguir bien entre lo que dicen las leyes, lo que dicen las autoridades, lo que dicen los medios de comunicación, lo que dice la subjetividad de cada uno, y lo que dice la realidad observable por sus fenómenos.

Y de sus fenómenos, pueden proponerse los más extremos. Por una parte, siempre se ha dicho que las prisiones ilustran bien los valores de las sociedades que las construyen, por lo que la teoría de la sociedad tiene un buen motón de muestra en las teorías penológicas, de la misma manera que los modelos económicos y estatutos públicos o concesiones y contrataciones privadas (en EEUU empresas muy rentables se ocupan de gestionar las prisiones y trasladar presos utilizando tecnologías muy sofisticadas que permiten que muy pocos guardianes controlen a cientos de presos), o las tecnologías utilizadas en las prisiones también ilustran los valores de libertad y seguridad de una sociedad.

En este sentido, podemos destacar del texto de Langdon Winner "Do Artifacts Have Politics?", la siguiente cita:

El estudio de Russell W. Ayres sobre las ramificaciones legales del reciclaje del plutonio concluye: "Con el paso del tiempo y el incremento de la cantidad de plutonio existente surgirá una fuerte presión para la eliminación de los controles tradicionales de los tribunales y el poder legislativo sobre las actividades del ejecutivo y el desarrollo de una autoridad central fuerte que garantice una estricta seguridad". Ayres advierte que "una vez que cierta cantidad de plutonio haya sido robada, la necesidad de poner todo el país patas arriba con el fin de recuperarla será algo inevitable". De esta manera, el autor anticipa y se preocupa por los tipos de pensamiento que caracterizan, como ya he señalado, a las tecnologías inherentemente políticas. No obstante, es cierto que, en un mundo en el que los seres crean y mantienen sistemas artificiales, nada es absolutamente "necesario". Pero, una vez que un determinado curso de acción esté en marcha, una vez que artefactos como las centrales nucleares han sido construidos y activados, los modos de justificar la adaptación de la vida social a los requerimientos técnicos crecerán tan espontáneamente como los hongos. En palabras del propio Ayres, "una vez que el reciclado comience y los riesgos de un robo de plutonio se hayan hecho realidad, los casos de infringimiento de los derechos fundamentales por parte de los gobiernos serán un hecho" (Ayres, 1975: 374, 413-414, 443). Después de cierto tiempo, aquellos que no acepten las duras condiciones e imperativos serán considerados unos soñadores o unos estúpidos.


Por otra parte, la manera en la que se investigan los delitos del poder, de las autoridades, y en especial, la disciplina y la delincuencia policial, también dice mucho de los valores de una sociedad. Evidentemente, la Policía, como institución nunca delinque, pero los que sí delinquen con demasiada frecuencia, son algunos policías. Es fácil comprobar cómo nuevas formas de delincuencia están inspirando nuevos delitos policiales. Por ejemplo, cabe citar a la revista TIEMPO Nº 1.022 de 3 de diciembre de 2001 con el titular “Red de policías corruptos. Vendían datos confidenciales a empresas privadas. 20 agentes procesados y otros 60 imputados” en cuya instrucción judicial se evidencia que varios policías accedían a los ordenadores centrales de la Dirección General de la Policía para obtener los datos con los que posteriormente traficaban (yo mismo he visto los autos en el juzgado de instrucción que lo investigó)..

Otras veces, la Policía, o lo que es lo mismo a los efectos de lo que aquí exponemos, la Guardia Civil, comete graves errores debido a ciertas apropiaciones indebidas aunque sea para uso supuestamente oficial. Un ejemplo puede verse en el reciente titular "ERROR DE LAS FUERZAS DE SEGURIDAD La Guardia Civil olvida informes confidenciales de 'narcos' en el ordenador que devolvió a un contrabandista. El portátil fue utilizado por agentes del servicio antidroga de Almería mientras el propietario estaba en prisión. En el disco duro se dejaron escritos internos, transcripciones de conversaciones, fotos de detenidos y datos de particulares". Esta noticia evidencia dos perversiones policiales: el uso por apropiación indebida de un ordenador, y también la negligencia más irresponsable en la custodia de información confidencial.

El acceso de la autoridad en general, y de la policía en especial, a la información y a los instrumentos con los que mejor se procesa la información, son los nuevos paradigmas de la problemática de las "Autoridades tecnológicas y tecnologías de autoridades" mucho más de lo que pueda serlo el arma de fuego que, afortunadamente, cada vez se utiliza menos y ojalá que algún día sea completamente innecesaria.

La interevención de comunicaciones, tanto telefónicas como telemáticas, y en especial, la monitorización de correos electrónicos, es uno de los grandes dilemas sociales y jurídicos. Basta leer noticias como la recientemente titulada Washington, con capacidad para escuchar a millones, admite ex oficial de la NSA. Unos 500 estadunidenses, espiados por el gobierno de Bush; otros miles, "evaluados" para tener una idea de la problemática del uso y el abuso de las intervenciones telefónicas que yo mismo he estudiado pericialmente como puede verse en http://www.cita.es/fonogramas y en especial, en http://www.cita.es/fonogramas/peritaje.pdf

Respecto a los correos electrónicos, después de haber sido perito en el caso BITel, me remito a lo publicado en http://www.internautas.org/html/3446.html

La obligatoria retención de datos: ¿es hoy un asunto sin discusión para Europa?

Los atentados terroristas de Londres propiciaron el pasado año que en Europa, algunos Estados insistieran en la conveniencia de que las compañías de telefonía que operaban en el territorio de la Unión pudieran almacenar distintos elementos de las comunicaciones. Hoy, esto se ha traducido en una propuesta firme de Directiva, aprobada por el Parlamento Europeo el pasado día 14 de Diciembre, que exige a las operadoras retener esos datos durante un plazo de 6 a 24 meses. Los datos en cuestión serán, desde el lugar de realización y recepción de la llamada, hasta la duración de la conexión e identificación de números y usuarios. También serán objeto de retención los datos referidos a la fecha y momento de activación de una tarjeta prepago y el registro de las llamadas perdidas. La retención de datos se utilizará en principio para "detección, investigación y persecución" de delitos graves, los relativos al terrorismo y al crimen organizado.

Actualmente está vigente la LEY 34/2002, de 11 de julio, de servicios de la sociedad de la información y de comercio electrónico, cuyo artículo 12, dice:

Artículo 12. Deber de retención de datos de tráfico relativos a las comunicaciones electrónicas.
1. Los operadores de redes y servicios de comunicaciones electrónicas, los proveedores de acceso a redes de telecomunicaciones y los prestadores de servicios de alojamiento de datos deberán retener los datos de conexión y tráfico generados por las comunicaciones establecidas durante la prestación de un servicio de la
sociedad de la información por un período máximo de doce meses, en los términos establecidos en este artículo y en su normativa de desarrollo.
2. Los datos que, en cumplimiento de lo dispuesto en el apartado anterior, deberán conservar los operadores de redes y servicios de comunicaciones electrónicas y los proveedores de acceso a redes de telecomunicaciones serán únicamente los necesarios para facilitar la localización del equipo terminal empleado por el usuario para la transmisión de la información.
Los prestadores de servicios de alojamiento de datos deberán retener sólo aquéllos imprescindibles para identificar el origen de los datos alojados y el momento en
que se inició la prestación del servicio. En ningún caso, la obligación de retención de datos afectará al secreto de las comunicaciones. Los operadores de redes y servicios de comunicaciones electrónicas y los prestadores de servicios a que se refiere este artículo no podrán utilizar los datos retenidos para fines distintos de los indicados en el apartado siguiente u otros que estén permitidos por la Ley, y deberán adoptar medidas de seguridad apropiadas para evitar su pérdida o alteración y el acceso no autorizado a los mismos.
3. Los datos se conservarán para su utilización en el marco de una investigación criminal o para la salvaguardia de la seguridad pública y la defensa nacional, poniéndose a disposición de los Jueces o Tribunales o del Ministerio Fiscal que así los requieran. La comunicación de estos datos a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad se hará con sujeción a lo dispuesto en la normativa sobre protección de datos personales.
4. Reglamentariamente, se determinarán las categorías de datos que deberán conservarse según el tipo de servicio prestado, el plazo durante el que deberán retenerse en cada supuesto dentro del máximo previsto en este artículo, las condiciones en que deberán almacenarse, tratarse y custodiarse y la forma en que, en su caso, deberán entregarse a los órganos autorizados para su solicitud y destruirse, transcurrido el plazo de retención que proceda, salvo que fueran necesarios para
estos u otros fines previstos en la Ley.


Comentar este artículo de la LEY 34/2002 sería triplemente complejo, porque el derecho procesal y el enjuiciamiento considerando otras normas para la protección de datos o los delitos de descubrimiento y revelación de secretos por una parte, la ética y la deontología de los profesionales vigilantes y vigilados, y la problemática tecnología sobre la que se aplica esta norma, así como la misma tecnología con la que se aplica (sistemas de almacenamiento y recupareción de grandes volúmenes de datos), representan varias dimensiones polémicas que trascienden con mucho lo que aquí se propone. Pero la sola idea de que durante varios meses puedan trazarse las comunicaciones proyecta toda una tecnología de la autoridad, y la posibilidad de que quien ejerce la autoridad pueda acusar sin pruebas para acceder a cuanta información desee (un ejemplo de ello es la reciente noticia sobre "el supuesto plan de estrellar un avión contra el más alto edificio de Los Angeles, que su gobierno habría frustrado, en tanto que congresistas demócratas y republicanos pidieron analizar detenidamente la constitucionalidad del programa de espionaje doméstico del presidente")

La criminalística se ha desarrollado en los últimos 15 años mucho más de lo que lo había hecho en toda su historia anterior. Entre Sherlock Holmes y Hércules Poirot y los personajes de CSI hay diferencias de formación, y de instrumentación.

Cualquier tecnología actualmente utilizada en la sociedad, o en sus élites, es escenario o medio para la investigación policial, y la actividad de la policía en el uso de cada tecnología es cada vez más notoria. Lo peor siempre suele ser lo que no se conoce, creando un auténtico problema de metafísica policial, porque si quien accede a toda nuestra información no está sometido a ninguna disciplina, control o normativa que le obligue a declarar lo que hace, y lo que sabe, nunca podremos estar seguros de las "Autoridades tecnológicas y tecnologías de autoridades".

Posiblemente, y también deseablemente en mi opinión, la teoría del conocimiento (para saber lo que las autoridades saben que no sabemos), y la ética (la deontología policial es la asignatura pendiente de la policiología) ofrezcan foros, espacios y momentos para que el filósofo intervenga en materias de "Autoridades tecnológicas y tecnologías de autoridades".

Textos citados principalmente

F. ENGELS

DE LA AUTORIDAD

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Algunos socialistas han emprendido últimamente una verdadera cruzada contra lo que ellos llaman principio de autoridad. Basta con que se les diga que este o el otro acto es autoritario para que lo condenen. Hasta tal punto se abusa de este método sumario de proceder, que no hay más remedio que examinar la cosa un poco más de cerca. Autoridad, en el sentido de que se trata, quiere decir: imposición de la voluntad de otro a la nuestra; autoridad supone, por otra parte, subordinación. Ahora bien; por muy mal que suenen estas dos palabras y por muy desagradable que sea para la parte subordinada la relación que representan, la cuestión está en saber si hay medio de prescindir de ella, si —dadas las condiciones actuales de la sociedad— podemos crear otro régimen social en el que esta autoridad no tenga ya objeto y en el que, por consiguiente, deba desaparecer. Examinando las condiciones económicas, industriales y agrícolas, que constituyen la base de la actual sociedad burguesa, nos encontramos con que tienden a reemplazar cada vez más la acción aislada por la acción combinada de los individuos. La industria moderna, con grandes fábricas y talleres, en los que centenares de obreros vigilan la marcha de máquinas complicadas movidas a vapor, ha venido a ocupar el puesto del pequeño taller del productor aislado: los coches y los carros para grandes distancias [398] han sido sustituidos por el ferrocarril, como las pequeñas goletas y falúas lo han sido por los barcos a vapor. La misma agricultura va cayendo poco a poco bajo el dominio de la máquina y del vapor, los cuales remplazan, lenta pero inexorablemente, a los pequeños propietarios por grandes capitalistas, que cultivan, con ayuda de obreros asalariados, grandes extensiones de tierra. La acción coordinada, la complicación de los procedimientos, supeditados los unos a los otros, desplaza en todas partes a la acción independiente de los individuos. Y quien dice acción coordinada dice organización. Ahora bien, ¿cabe organización sin autoridad?

Supongamos que una revolución social hubiera derrocado a los capitalistas, cuya autoridad dirige hoy la producción y la circulación de la riqueza. Supongamos, para colocarnos por entero en el punto de vista de los antiautoritarios, que la tierra y los instrumentos de trabajo se hubieran convertido en propiedad colectiva de los obreros que los emplean. ¿Habría desaparecido la autoridad, o no habría hecho más que cambiar de forma? Veamos.

Tomemos, a modo de ejemplo, una fábrica de hilados de algodón. El algodón, antes de convertirse en hilo, tiene que pasar, por lo menos, por seis operaciones sucesivas; operaciones que se ejecutan, en su mayor parte, en diferentes naves. Además, para mantener las máquinas en movimiento, se necesita un ingeniero que vigile la máquina de vapor, mecánicos para las reparaciones diarias y, además, muchos peones destinados a transportar los productos de un lugar a otro, etc. Todos estos obreros, hombres, mujeres y niños están obligados a empezar y terminar su trabajo a la hora señalada por la autoridad del vapor, que se burla de la autonomía individual. Lo primero que hace falta es, pues, que los obreros se pongan de acuerdo sobre las horas de trabajo; a estas horas, una vez fijadas, quedan sometidos todos sin ninguna excepción. Después, en cada lugar y a cada instante surgen cuestiones de detalle sobre el modo de producción, sobre la distribución de los materiales, etc., cuestiones que tienen que ser resueltas al instante, so pena de que se detenga inmediatamente toda la producción. Bien se resuelvan por la decisión de un delegado puesto al frente de cada rama de producción o bien por el voto de la mayoría, si ello fuese posible, la voluntad de alguien tendrá siempre que subordinarse; es decir, que las cuestiones serán resueltas autoritariamente. El mecanismo automático de una gran fábrica es mucho más tiránico que lo han sido nunca los pequeños capitalistas que emplean obreros. En la puerta de estas fábricas, podría escribirse, al menos en cuanto a las horas de trabajo se refiere: Lasciate ogni autonomia, [399] voi che entrate! [*] Si el hombre, con la ciencia y el genio inventivo, somete a las fuerzas de la naturaleza, éstas se vengan de él sometiéndolo, mientras las emplea, a un verdadero despotismo, independientemente de toda organización social. Querer abolir la autoridad en la gran industria, es querer abolir la industria misma, es querer destruir las fábricas de hilados a vapor para volver a la rueca.

Tomemos, para poner otro ejemplo, un ferrocarril. También aquí es absolutamente necesaria la cooperación de una infinidad de individuos, cooperación que debe tener lugar a horas muy precisas, para que no se produzcan desastres. También aquí, la primera condición para que la empresa marche es una voluntad dominante que zanje todas las cuestiones secundarias. Esta voluntad puede estar representada por un solo delegado o por un comité encargado de ejecutar los acuerdos de una mayoría de interesados. Tanto en uno como en otro caso existe autoridad bien pronunciada. Más aún: ¿qué pasaría con el primer tren que arrancara, si se aboliese la autoridad de los empleados del ferrocarril sobre los señores viajeros?

Pero, donde más salta a la vista la necesidad de la autoridad, y de una autoridad imperiosa, es en un barco en alta nar. Allí, en el momento de peligro, la vida de cada uno depende de la obediencia instantánea y absoluta de todos a la voluntad de uno solo.

Cuando he puesto parecidos argumentos a los más furiosos antiautoritarios, no han sabido responderme más que esto:

«¡Ah! eso es verdad, pero aquí no se trata de que nosotros demos al delegado una autoridad, sino ¡de un encargo!» Estos señores creen cambiar la cosa con cambiarle el nombre. He aquí cómo se burlan del mundo estos profundos pensadores.

Hemos visto, pues, que, de una parte, cierta autoridad, delegada como sea, y de otra, cierta subordinación, son cosas que, independientemente de toda organización social, se nos imponen con las condiciones materiales en las que producimos y hacemos circular los productos.

Y hemos visto, además, que las condiciones materiales de producción y de circulación se extienden inevitablemente con la gran industria y con la gran agricultura, y tienden cada vez más a ensanchar el campo de esta autoridad. Es, pues, absurdo hablar del principio de autoridad como de un principio absolutamente malo y del principio de autonomía como de un principio absolutamente bueno. La autoridad y la autonomía son cosas [400] relativas, cuyas esferas verían en las diferentes fases del desarrollo social. Si los autonomistas se limitasen a decir que la organización social del porvenir restringirá la autoridad hasta el límite estricto en que la hagan inevitable las condiciones de la producción, podríamos entendernos; pero, lejos de esto, permanecen ciegos para todos los hechos que hacen necesaria la cosa y arremeten con furor contra la palabra.

¿Por qué los antiautoritarios no se limitan a clamar contra la autoridad política, contra el Estado? Todos los socialistas están de acuerdo en que el Estado político, y con él la autoridad politica, desaparecerán como consecuencia de la próxima revolución social, es decir, que las funciones públicas perderán su carácter político, trocándose en simples funciones administrativas, llamadas a velar por los verdaderos intereses sociales. Pero los antiautoritarios exigen que el Estado político autoritario sea abolido de un plumazo, aun antes de haber sido destruidas las condiciones sociales que lo hicieron nacer. Exigen que el primer acto de la revolución social sea la abolición de la autoridad. ¿No han visto nunca una revolución estos señores? Una revolución es, indudablemente, la cosa más autoritaria que existe; es el acto por medio del cual una parte de la población impone su voluntad a la otra parte por medio de fusiles, bayonetas y cañones, medios autoritarios si los hay; y el partido victorioso, si no quiere haber luchado en vano, tiene que mantener este dominio por medio del terror que sus armas inspiran a los reaccionarios. ¿La Comuna de París habría durado acaso un solo día, de no haber empleado esta autoridad de pueblo armado frente a los burgueses? ¿No podemos, por el contrario, reprocharle el no haberse servido lo bastante de ella?

Así pues, una de dos: o los antiautoritarios no saben lo que dicen, y en este caso no hacen más que sembrar la confusión; o lo saben, y en este caso traicionan el movimiento del proletariado. En uno y otro caso, sirven a la reacción.

Escrito por F. Engels de Se publica de acuerdo con el texto

octubre de 1872 a marzo de 1873. del almanaque.

Publicado en diciembre de 1873 Traducido del italiano.

en el "Almanacco Repubblicano per

l'anno 1871".

Firmado: Federico Engels


NOTAS

[*] «¡Quien entre aquí, renuncie a toda autonomía!». Parafraseado de la "Divina comedia" de Dante. Infierno, canto III, estrofa 3. (N. de la Edit.)




¿Tienen política los artefactos?

Langdon Winner

 
Publicación original: "Do Artifacts Have Politics?" (1983), en: D. MacKenzie et al. (eds.), The Social Shaping of Technology, Philadelphia: Open University Press, 1985.

Versión castellana de Mario Francisco Villa.

En las controversias acerca de la tecnología y la sociedad, no hay ninguna idea que sea más provocativa que la noción de que los artefactos técnicos tienen cualidades políticas. Lo que está en cuestión es la afirmación de que las máquinas, estructuras y sistemas de nuestra moderna cultura material pueden ser correctamente juzgados no sólo por sus contribuciones a la eficacia y la productividad, ni simplemente por sus efectos ambientales colaterales, sino también por el modo en que pueden encarnar ciertas formas de poder y autoridad específicas. Dado que algunas de estas ideas tienen una presencia persistente e inquietante en las discusiones sobre el significado de la tecnología, es necesario prestarles una atención explícita...(2)

No resulta sorprendente descubrir que los sistemas técnicos se encuentran profundamente entretejidos con las condiciones de la política moderna. Las organizaciones físicas de la producción industrial, la guerra, las comunicaciones, etc., han alterado de forma esencial el ejercicio del poder y la experiencia de la ciudadanía. Pero ir más allá de este hecho evidente y defender que ciertas tecnologías poseen en sí mismas propiedades políticas parece, a primera vista, algo completamente erróneo. Todos sabemos que los entes políticos son las personas, no las cosas. Descubrir virtudes o vicios en las aleaciones de acero, los plásticos, los transistores, los circuitos integrados o los compuestos químicos parece una absoluta y total equivocación, un modo de mistificar los artificios humanos y de evitar plantar cara a las auténticas fuentes, las fuentes humanas de la libertad y la opresión, la justicia y la injusticia. Echar la culpa al hardware parece incluso más estúpido que culpar a las víctimas cuando se juzgan las condiciones de la vida pública.

Por tanto, el austero consejo que comúnmente se ofrece a aquéllos que coquetean con la idea de que los aparatos técnicos poseen cualidades políticas es: lo que importa no es la tecnología misma, sino el sistema social o económico en el que se encarna. Esta máxima, que en sus muchas variantes es la premisa central de una teoría que puede denominarse determinismo social de la tecnología, expresa una obvia sabiduría. Sirve como correctivo necesario para aquéllos que se ocupan de manera acrítica de asuntos tales como "el ordenador y sus impactos sociales", pero no miran detrás de los aparatos técnicos para descubrir las circunstancias sociales de su desarrollo, empleo y uso. Este enfoque proporciona un antídoto contra el determinismo tecnológico ingenuo: la idea de que la tecnología se desarrolla únicamente como resultado de su dinámica interna y, entonces, al no hallarse mediatizada por ninguna otra influencia, moldea la sociedad para adecuarla a sus patrones. Aquéllos que no han reconocido aún los modos en los que las fuerzas sociales y económicas dan forma a las tecnologías no han ido mucho más allá de ese determinismo.

Sin embargo, este correctivo tiene sus propias limitaciones; entendido de forma literal, sugiere que los aparatos técnicos no tienen ninguna importancia. Una vez que uno ha hecho el trabajo detectivesco necesario para descubrir los orígenes sociales (la mano de los poderosos tras un determinado ejemplo de cambio tecnológico) ya habría explicado todo lo que es importante y merece explicarse. Esta conclusión proporciona comodidad a los científicos sociales: da validez a lo que habían sospechado desde siempre, a saber, que no hay nada distintivo en el estudio de la tecnología. Por consiguiente, pueden volver otra vez a sus modelos tradicionales de poder social (modelos sobre la política de los colectivos sociales, políticas burocráticas, modelos marxistas de lucha de clases y otros por el estilo) y tener todo lo que necesitan. El determinismo social de la tecnología no difiere esencialmente del determinismo social de, podríamos decir, la política del bienestar o los impuestos.

La tecnología, no obstante, tiene buenas razones para explicar la fascinación que recientemente ha ejercido sobre historiadores, filósofos y científicos políticos; buenas razones que los modelos tradicionales de las ciencias sociales sólo abarcan en parte en sus explicaciones de lo más interesante y problemático del tema. Ya he intentado mostrar en otro lugar por qué una gran parte del pensamiento social y político moderno contiene afirmaciones recurrentes acerca de la que se puede denominar teoría de la política tecnológica, una amalgama de nociones a menudo cruzadas con filosofías liberales ortodoxas, conservadoras y socialistas (Winner, 1977). La teoría de las políticas tecnológicas presta mucha atención al ímpetu de los sistemas sociotécnicos a gran escala, a la respuesta de las sociedades modernas a ciertos imperativos tecnológicos y a todos los signos habituales de la adaptación de los fines humanos a los medios técnicos. Al hacer esto, ofrece un nuevo conjunto de explicaciones e interpretaciones para algunos de los patrones más problemáticos y confusos que han tomado forma dentro de y en torno al crecimiento de la cultura material moderna. Un punto a favor de esta concepción es que toma los artefactos técnicos en serio. Más que insistir en que reduzcamos todo a una mera interrelación entre fuerzas sociales, sugiere que prestemos atención a las características de los objetos técnicos y al significado de tales características. Siendo un complemento necesario para, más que un sustituto de, las teorías de la determinación social de la tecnología, esta perspectiva identifica ciertas tecnologías como fenómenos políticos por sí mismas. Nos conduce, tomando prestada la expresión filosófica de Edmund Husserl, a las cosas en sí mismas.

A continuación esbozaré y ofreceré ejemplos de dos formas en las que los artefactos pueden poseer propiedades políticas. En primer lugar, me ocupo de aquellos ejemplos en los que la invención, diseño y preparativos de un determinado instrumento o sistema técnico se convierten en un medio para alcanzar un determinado fin dentro de una comunidad. Bien enfocados, los ejemplos de este tipo resultan muy directos y fáciles de entender. En segundo lugar, me ocuparé de los casos de lo que se pueden denominar tecnologías inherentemente políticas, sistemas ideados por humanos que parecen necesitar o ser fuertemente compatibles con ciertos tipos de relaciones sociales. Los argumentos sobre este tipo de casos son mucho más complejos y están más cerca del núcleo del tema que nos ocupa. Con el término "política" me referiré a los acuerdos de poder y autoridad en las asociaciones humanas, así como a las actividades que tienen lugar dentro de dichos acuerdos. Con el término "tecnología" haré referencia a todo tipo de artefacto práctico moderno,(3) pero para evitar confusiones, prefiero hablar de tecnologías, piezas o sistemas más o menos grandes de hardware de cierto tipo especial. Mi intención aquí no es cerrar la discusión de una vez por todas, sino señalar sus dimensiones y significados más generales.

 

Planes técnicos como formas de orden

 

Todo el que haya viajado alguna vez por las autopistas americanas y se haya acostumbrado a la altura habitual de sus pasos elevados puede que encuentre algo anormal en los puentes sobre las avenidas de Long Island, en Nueva York. Muchos de esos pasos elevados son extraordinariamente bajos, hasta el punto de tener tan sólo nueve pies de altura en algunos lugares. Incluso aquellos que perciban esta peculiaridad estructural no estarían inclinados a otorgarle ningún significado especial. En nuestra forma habitual de observar cosas tales como carreteras y puentes, vemos los detalles de forma como inocuos, y raramente pensamos demasiado en ellos.

Resulta, no obstante, que los cerca de doscientos pasos elevados de Long Island fueron deliberadamente diseñados así para obtener un determinado efecto social. Robert Moses, el gran constructor de carreteras, parques, puentes y otras obras públicas de Nueva York entre los años veinte y setenta, construyó estos pasos elevados de tal modo que fuera imposible la presencia de autobuses en sus avenidas. De acuerdo con las evidencias presentadas por Robert A. Caro en su biografía de Moses, las razones que el arquitecto ofrecía reflejaban su sesgo clasista y sus prejuicios raciales. Los blancos de las clases "ricas" y "medias acomodadas", como él los llamaba, propietarios de automóviles, podrían utilizar libremente los parques y playas de Long Island para su ocio y diversión. La gente menos favorecida y los negros, que normalmente utilizaban el transporte público, se mantendrían a distancia de dicha zona porque los autobuses de doce pies de altura no podrían transitar por los pasos elevados. Una consecuencia era la limitación del acceso de las minorías raciales y grupos sociales desfavorecidos a Jones Beach, el parque público más alabado de los que Moses construyó. Moses se aseguró de que los resultados de sus diseños fueran efectivos vetando poco después una propuesta de extensión del ferrocarril de Long Island hasta Jones Beach.(4)

Como parte de la historia de la política americana reciente, la vida de Robert Moses es fascinante. Sus tratos y acuerdos con alcaldes, gobernadores y presidentes, y su cuidadosa manipulación de asambleas legislativas, bancos, sindicatos, prensa y opinión pública son otros tantos casos de estudio de los que los científicos políticos podrían ocuparse durante años. Pero los resultados más importantes y duraderos de su trabajo son sus tecnologías, los grandes proyectos de ingeniería que dieron a Nueva York gran parte de su actual aspecto. Después de generaciones, los pactos y alianzas que Moses forjó han desaparecido, pero sus obras públicas, especialmente las autopistas y puentes que construyó con el fin de favorecer el uso del automóvil frente al desarrollo de los transportes públicos, continuarán dando forma a la ciudad. Muchas de sus estructuras monumentales de acero y hormigón encarnan una desigualdad social sistemática, una forma de ingeniería de las relaciones personales que, después de cierto tiempo, se convierte sin más en parte del paisaje. Como el diseñador Lee Koppleman comentó a Caro acerca de los puentes tan bajos de Wantagh Parkway: "El viejo hijo de puta se aseguró bien de que los autobuses nunca lograran acceder a sus malditas avenidas." (Caro, 1974: 952).

La historia de la arquitectura, el urbanismo y las obras públicas contiene un gran número de ejemplos de planes físicos con propósitos políticos implícitos o explícitos. Podemos mencionar, por ejemplo, las anchísimas avenidas parisinas diseñadas por el barón Haussmann durante el mandato de Luis Napoleón con el fin de prevenir toda posibilidad de desórdenes callejeros del tipo de los que tuvieron lugar durante la revolución de 1848. Podemos visitar cualquiera de los grotescos edificios de hormigón y las enormes plazas construidas en los campus universitarios americanos a finales de los años sesenta y comienzos de los setenta con el propósito de evitar las manifestaciones de estudiantes. Los estudios sobre maquinaria industrial y herramientas también se convierten en interesantes historias políticas, incluyendo algunas que rompen con nuestras expectativas habituales acerca de por qué se producen las innovaciones tecnológicas. Si suponemos que las nuevas tecnologías se introducen con el fin de lograr una eficacia cada vez mayor, la historia de la tecnología nos contradirá de vez en cuando. El cambio tecnológico conlleva una amplísima muestra de motivos humanos, de los cuales el deseo de obtener dominio sobre los demás no es el menos frecuente, incluso aunque ello implique un sacrificio ocasional respecto a los costes y cierta violencia en los modos de conseguir más a partir de menos.

Un ejemplo de todo esto de puede encontrar en la historia de la mecanización industrial durante el siglo XIX. Hacia 1885 se instalaron en la planta de fabricación de segadoras Cyrus McCormick de Chicago modernas máquinas neumáticas de forja, una innovación reciente y con su eficacia aún por probar, con unos costes estimados de 500.000 dólares. En la interpretación económica tradicional de tal suceso se esperaría que esta decisión hubiese modernizado la fábrica y logrado el tipo de eficacia que generalmente implica la mecanización. Pero el historiador Robert Ozanne ha mostrado por qué este desarrollo debe contemplarse en un contexto más amplio. Precisamente en ese momento, Cyrus McCormick II se hallaba envuelto en una lucha contra el sindicato nacional de forjadores. En realidad, él veía la utilización de esas nuevas máquinas como una forma de "arrancar de raíz los elementos subversivos entre sus trabajadores", es decir, los trabajadores especializados que habían organizado el sindicato local de forjadores en Chicago (Ozanne, 1967). La nuevas máquinas, manipuladas por trabajadores no especializados, realmente producían resultados de peor calidad a costes más altos que los primitivos procesos. Tras tres años de utilización, las máquinas fueron simplemente eliminadas, pero para entonces ya habían cumplido su misión: la destrucción del sindicato. De esta manera, la historia de estos desarrollos técnicos en la fábrica McCormick no pueden entenderse adecuadamente sin hacer referencia a los intentos organización de los trabajadores, la política de represión de los movimientos sindicales en Chicago durante aquel periodo y los sucesos relacionados con el atentado con bomba en Haymarket Square. La historia de la tecnología y la historia de la política norteamericana se entrelazan firmemente en este caso.

En casos como los de los puentes de Moses o la máquinas de forja de McCormick, puede verse claramente la importancia de los planes técnicos que preceden al uso de los instrumentos en cuestión. Es obvio que las tecnologías pueden ser utilizadas de manera que faciliten el poder, la autoridad y los privilegios de unos sobre otros, por ejemplo, la utilización de la TV para promocionar a un candidato político. De acuerdo a nuestra forma de pensar usual, concebimos las tecnologías como herramientas neutrales que pueden utilizarse bien o mal, para hacer el bien, el mal o algo intermedio entre ambos. Pero generalmente no nos detenemos a pensar si un determinado invento pudo haber sido diseñado y construido de forma que produjera un conjunto de consecuencias lógica y temporalmente previas a sus usos corrientes. Los puentes de Robert Moses, por ejemplo, se utilizaron finalmente para que los coches fueran de un lugar a otro; las máquinas de McCormick se utilizaron efectivamente para realizar forjas de metal; ambas tecnologías, no obstante, implicaban propósitos distintos de esos usos inmediatos. Si el lenguaje político y moral con el que valoramos las tecnologías sólo incluye categorías relacionadas con las herramientas y sus usos; si no presta atención al significado de los diseños y planes de nuestros artefactos, entonces estaremos ciegos ante gran parte de lo que es importante desde el punto de vista intelectual y práctico.

Dado que el asunto se comprende mucho más fácilmente a la luz de intenciones particulares ocultas bajo una determinada forma física, he puesto unos ejemplos que parecen casi conspiraciones. Pero para reconocer las dimensiones políticas de las tecnologías no se necesita atender sólo a casos de conspiración premeditada o malas intenciones. El movimiento organizado de personas minusválidas en los EE. UU. señaló durante la década de los setenta numerosos casos en los que las máquinas, instrumentos y estructuras de uso común (como autobuses, edificios, avenidas, fontanería...etc.) hicieron imposible a muchas personas físicamente disminuidas moverse libremente, algo que les excluía sistemáticamente de la vida pública. Hay que decir, no obstante, que los diseños inadecuados para personas minusválidas son frecuentemente más un resultado de negligencias generales que de las intenciones activas de personas particulares. Pero ahora que el tema ha sido presentado a la opinión pública, es evidente que requiere un remedio que haga justicia. Un gran número de artefactos están ahora siendo rediseñados y reconstruidos con el fin de atender a las necesidades de esta minoría.

Intentaré extraer algunas conclusiones de todo lo anterior. Lo que nosotros llamamos "tecnologías" son los modos de ordenar nuestro mundo. Muchas invenciones y sistemas técnicos importantes en nuestra vida cotidiana conllevan la posibilidad de ordenar la actividad humana de diversas maneras. Conscientemente o no, deliberada o inadvertidamente, las sociedades eligen estructuras para las tecnologías que influyen sobre cómo van a trabajar las personas, cómo se comunican, cómo viajan, cómo consumen... a lo largo de toda su vida. En los procesos mediante los cuales se toman las decisiones sobre estas estructuras, las personas terminan distribuyéndose en diferentes estratos de poder y en diferentes niveles de conocimiento, por mucha libertad de elección que exista cuando se introducen por primera vez instrumentos, técnicas o sistemas particulares. Debido a que las elecciones respecto al equipamiento material, la inversión de capital y los hábitos sociales tienden muy pronto a estabilizarse, la primitiva flexibilidad respecto a los propósitos prácticos desaparece una vez que se adoptan ciertos compromisos iniciales. En este sentido, las innovaciones tecnológicas se asemejan a los decretos legislativos o las fundamentaciones políticas que establecen un marco para el orden público que se perpetuará a través de las generaciones. Por esta razón, deberíamos conceder a la construcción de autopistas, la creación de redes de televisión y la introducción de características aparentemente insignificantes en las nuevas máquinas, la misma cuidadosa atención que a las reglas, los papeles y las relaciones en la política. Estos elementos que unen o dividen a las personas dentro de una sociedad particular no se construyen sólo por medio de las instituciones y prácticas políticas, sino también, y de manera menos evidente, por medio de planes tangibles de acero y hormigón, cables y transistores, tuercas y tornillos.

 

Tecnologías inherentemente políticas

 

Ninguno de los argumentos y ejemplos considerados hasta el momento implica una afirmación más fuerte y problemática, formulada a menudo en artículos sobre tecnología y sociedad: la creencia en que algunas tecnologías están por su propia naturaleza cargadas políticamente de un modo muy específico. De acuerdo con esta perspectiva, la adopción de un determinado sistema tecnológico implica de forma inevitable una serie de condiciones referentes a las relaciones humanas con un tono político característico, por ejemplo, centralizado o descentralizado, de igualdad o desigualdad, represivo o liberalizador. Esto es lo que se afirma, en última instancia, en afirmaciones como las de Lewis Mumford sobre la existencia de dos tradiciones tecnológicas contrapuestas en la historia occidental, una autoritaria y otra democrática (Mumford, 1964). En todos los casos que he citado, las tecnologías son relativamente flexibles en su diseño y planificación, y variables en cuanto a sus efectos. Aunque uno puede reconocer los resultados producidos en un medio particular, también puede fácilmente imaginarse cuáles serían los muy diferentes resultados y consecuencias políticas de la construcción y empleo de un artefacto o sistema tan sólo parecido en parte. La idea que ahora debemos someter a examen y evaluar es la de que ciertos tipos de tecnología no permiten tanta flexibilidad y que elegirlos es elegir una determinada forma de vida política.

Diversos argumentos en favor de que las tecnologías son inherentemente políticas ya han aparecido en muchos contextos diferentes, demasiados para ser resumidos en este artículo. No obstante, existen dos formas básicas de abordar el tema en la mayoría de dichos enfoques. Una versión defiende que la adopción de un determinado sistema técnico requiere de hecho la creación y mantenimiento de un conjunto particular de condiciones sociales como ambiente de funcionamiento de dicho sistema. Esta posición es la que sostiene un autor contemporáneo que mantiene que: "si aceptamos la construcción de centrales nucleares, también aceptamos la existencia de una élite de técnicos, científicos, industriales y militares. Sin este tipo de gente, no podríamos tener energía nuclear" (Mander, 1978). Según esta concepción, algunos tipos de tecnología requieren que sus medios sociales se estructuren de un modo determinado, al igual que un coche necesita ruedas para moverse. El artefacto no puede llegar a existir como tal artefacto operativo a no ser que se cumplan las condiciones sociales y materiales adecuadas para el mismo. El término "requerir" está empleado aquí en un sentido de necesidad práctica más que lógica. Así, Platón consideraba una necesidad práctica el que un barco en alta mar tuviera un capitán y una tripulación incondicionalmente obediente.

Una segunda versión del argumento, en cierto sentido más débil, sostiene que cierto tipo de tecnología es fuertemente compatible con, pero no requiere en sentido estricto, relaciones soiales y políticas de cierto estilo. Muchas apologías de las energía solar sostienen ahora que esta clase de tecnologías son más compatibles con una sociedad igualitaria y democrática que los sistemas basados en la energía del carbón, del petróleo o en la energía nuclear; pero, al mismo tiempo, no defienden que todo lo relacionado con la energía solar requiera obligatoriamente formas de organización democráticas. Su argumentación es, en resumidas cuentas, que la energía solar es una forma de energía descentralizada tanto en su sentido técnico como político: técnicamente hablando, es mucho más razonable construir pequeños sistemas solares y distribuirlos ampliamente, que diseñar grandes centrales productoras de energía: políticamente hablando, la energía solar se acomoda muy bien a las necesidades de individuos y comunidades locales que pretenden encargarse de sus propios asuntos, porque les permiten tratar con sistemas que les son más accesibles, comprensibles y controlables que las fuentes de energía habituales. Desde esta perspectiva, la energía solar es deseable no sólo por sus beneficios económicos y ambientales, sino también porque permite la existencia de instituciones saludables en otras áreas de la vida pública...(5)

Estos argumentos, por lo tanto, pueden seguir múltiples direcciones. ¿Son las condiciones sociales de las que hemos hablado requeridas o compatibles con la operatividad de ciertos sistemas técnicos? ¿se hallan dadas todas estas condiciones interna o externamente (o de ambas maneras) al sistema técnico particular? Aunque los textos que acentúan tales preguntas a menudo son poco claros acerca de lo que se está afirmando, en general los argumentos de esta categoría tiene una presencia considerable en los discursos políticos actuales. Éstos tratan de explicar de muchas y diferentes formas cómo se producen los cambios en la vida social ocasionados por la innovación tecnológica. Lo que es más importante, frecuentemente pretenden apoyar intentos de justificación o criticar propuestas de acción en relación a las nuevas tecnologías. Los argumentos de este tipo, mediante el ofrecimiento de razones políticas a favor o en contra de la adopción de ciertas tecnologías, se mantienen apartados de las formas de razonamiento más comúnmente utilizadas y más sencillas sobre las razones de costes económicos, beneficios, impactos en el medio y posibles riegos de salud y seguridad pública que pueden entrañar los sistemas técnicos. El tema que aquí interesa no es el de cuántos puestos de trabajo se crearán, qué tipo de ganancias habrá, cuánta polución resultará o cuantos cánceres se producirán. Más bien, el asunto tiene que ver con cómo pueden las elecciones sobre tecnologías tener consecuencias importantes para la forma y calidad de las asociaciones humanas.

Si examinamos los patrones sociales incluidos en los ambientes de los sistemas técnicos, podemos darnos cuenta de que algunas invenciones y sistemas se hallan ligados casi de forma invariable a modos específicos de organización de autoridad y poder. La pregunta clave es: ¿se deriva este estado de cosas de una respuesta social inevitable a las propiedades de las cosas en sí mismas, o es, sin embargo, un patrón impuesto de manera independiente por un cuerpo de gobernantes, una clase dominante, o por cualquier otra institución social o cultural con el propósito de realizar sus propios intereses?

Tomando el ejemplo más obvio, la bomba atómica es sin lugar a dudas un artefacto inherentemente político. Mientras exista, sus propiedades letales exigen que esté controlada de forma centralizada dentro de una cadena de mandos jerárquica y cerrada a todo tipo de influencias que puedan convertir su labor en algo imprevisible. El sistema social interno a la bomba tiene que ser obligatoriamente autoritario: no hay otra forma posible. Este estado de cosas es una necesidad práctica independiente del sistema político en el que se encarne la bomba, independiente del tipo de régimen o del carácter de sus gobernantes. De hecho, los estados democráticos deben encontrar formas de asegurar que las estructuras sociales y la mentalidad características de la gestión de las armas nucleares no se "mezclen" ni se "extiendan" en el estado como un todo.

La bomba es, por supuesto, un caso especial. Las razones de por qué son necesarias en su medio inmediato relaciones autoritarias tendrían que estar claras para todo el mundo. Si, no obstante, queremos buscar otras instancias particulares en las que determinadas variedades de tecnología necesitan claramente el mantenimiento de unos patrones especiales de poder y autoridad, la historia de la técnica moderna contiene un buen número de ejemplos.

El monumental estudio de Alfred D. Chandler sobre la empresa comercial moderna, The Visible Hand, presenta una profunda documentación para defender la hipótesis de que la construcción y operatividad cotidiana de muchos sistemas de producción, transporte y comunicación de los siglos XIX y XX necesitaron el desarrollo de determinadas formas sociales: una organización centralizada y jerarquizada a gran escala, administrada por gestores altamente especializados. El análisis de desarrollo de los ferrocarriles es típico de Chandler:

"La tecnología hizo posible un transporte más rápido y eficiente; pero el transporte de pasajeros y productos, así como la continua reparación y mantenimiento de las locomotoras, vagones, trenes, estaciones, almacenes y otros equipos, requerían la creación de una organización administrativa de tamaño considerable. Esto implicó la contratación de un conjunto de gestores que supervisasen el funcionamiento de todas las actividades en una extensa área geográfica; así como la formación de un mando administrativo de ejecutivos altos y medios que guiasen, evaluasen y coordinasen el trabajo de los gestores responsables de la operatividad cotidiana".

A lo largo de todo su libro Chandler señala dos maneras en las que las tecnologías utilizadas en la producción y distribución de la electricidad, derivados químicos y una gran variedad de productos industriales "demandan" o "requieren" esta forma de asociación humana. "Por tanto, las necesidades operativas de los ferrocarriles exigieron la creación de las primeras jerarquías administrativas de la empresa americana" (Chandler, 1977: 244).

¿Hay otra forma concebible de organizar estos agregados de personas e instrumentos? Chandler demostró que, en la mayor parte de las ocasiones, la forma social previamente dominante, la pequeña empresa familiar tradicional, era simplemente incapaz de afrontar dicha tarea. Aunque no especula mucho más allá, está claro que Chandler opina que existe una variedad muy pequeña de formas de autoridad y poder apropiadas para los modernos sistemas sociotécnicos. Las propiedades de la mayor parte de tecnologías actuales (por ejemplo, los oleoductos y las refinerías) son tales que es posible la existencia de economías colosales en escala y velocidad. Si se espera que tales sistemas funcionen eficazmente, efectivamente, rápidamente y de forma segura, es necesario cumplir algunos requisitos de organización social interna; las posibilidades materiales de las tecnologías modernas disponibles no podrán de lo contrario ser explotadas adecuadamente. Chandler reconoce que a medida que uno compara las instituciones sociotécnicas de distintas naciones, uno ve "distintos modos en los que las actitudes culturales, los valores, las ideologías y los sistemas políticos afectan a estos imperativos" (Chandler, 1977: 500). Pero el peso del argumento y de la evidencia empírica de The Visible Hand sugieren que es muy improbable que se produzca cualquier tipo de desviación significativa respecto al patrón básico.

Es posible, no obstante, que otras disposiciones del poder y la autoridad, como por ejemplo, la descentralización y autogestión democrática de los trabajadores, demuestren ser tan capaces de organizar fábricas, refinerías, comunicaciones, sistemas y ferrocarriles como las organizaciones que Chandler describe. La evidencia de este último punto nos la proporcionan los equipos de montaje de la industria del automóvil en Suecia o las fábricas gestionadas por los propios trabajadores en Yugoslavia. Mi propósito aquí no es el de iniciar una controversia en torno a los resultados de estos ejemplos, sino señalar lo que yo considero que es su fundamento. La evidencia disponible tiende a confirmar que los sistemas tecnológicos más sofisticados son de hecho altamente compatibles con un control de la gestión jerárquico y centralizado. La cuestión más interesante, no obstante, tiene que ver con si este patrón centralizado es o no en realidad un requisito de tales sistemas, una pregunta que no es únicamente empírica. El asunto depende en última instancia de nuestro juicio acerca de qué pasos, si es que hay alguno, es prácticamente necesario dar en las operaciones con ciertas tecnologías particulares, y qué requieren tales pasos, si es que requieren algo, de la estructura de las comunidades humanas. ¿Estaba Platón en lo cierto al decir que un barco en alta mar necesita estar gobernado por una mano firme y que esto sólo puede conseguirse mediante la presencia de un único capitán y una tripulación obediente? ¿está Chandler en lo cierto al afirmar que las propiedades de los sistemas a gran escala necesitan un control jerárquico y centralizado?

Para responder a estas preguntas, tendríamos que examinar con cierto detenimiento la exigencias morales de la necesidad práctica (incluidas aquéllas sostenidas por las doctrinas económicas) y sopesarlas en relación a las exigencias morales de otros tipos, por ejemplo, la noción de que es bueno para los marineros participar en el gobierno del barco o para los trabajadores tener derecho a involucrarse en la toma de decisiones administrativas de su empresa. No obstante, una característica de las sociedades basadas en sistemas tecnológicos altamente sofisticados es que las razones morales distintas de las prácticas tiendan a parecer obsoletas, "idealistas" e irrelevantes. Toda exigencia que uno pueda desear plantear en nombre de la libertad, la justicia y la igualdad puede ser neutralizada inmediatamente cuando se confronta con argumentos concernientes a la efectividad: "Bien, pero esa no es manera de gobernar una línea de ferrocarril" (o una fundición, o una línea aérea, o un sistema de comunicaciones cualquiera..., etc.). De esta manera, nos encontramos aquí con una cualidad muy importante de todo discurso político moderno y de la forma en que la gente piensa normalmente acerca de qué medidas están justificadas como respuesta a las ventajosas posibilidades que las tecnologías ponen a nuestra disposición. En muchos casos, decir que algunas tecnologías son inherentemente políticas es decir que determinadas razones de necesidad práctica, aceptadas de manera general (especialmente la necesidad de mantener sistemas tecnológicos cruciales como entidades que funcionen sin sobresaltos) han tendido a eclipsar otros tipos de razonamientos y justificaciones morales.

Un intento de salvar la autonomía de la política de las garras de la necesidad práctica involucra la idea de que las condiciones de asociación humana que se hallan en lo más interno de las operaciones de los sistemas tecnológicos pueden mantenerse con facilidad alejadas de la política considerada como un todo. Los norteamericanos han creído durante mucho tiempo que los planes de poder y autoridad dentro de las grandes corporaciones industriales, empresas de servicios públicos y similares tiene poco que ver con las instituciones públicas y con las prácticas e ideas de este estilo en general. El que "la democracia se pare a las puertas de las fábricas" es admitido como ley de vida que tiene poco que ver con la práctica del liberalismo político. ¿Pero puede separarse tan fácilmente la política interna a las tecnologías de la política de toda la comunidad? Un reciente estudio de sobre los grandes hombres de negocios americanos, los ejemplos contemporáneos de la "mano visible de la gestión" de la que hablaba Chandler, los ha definido como personas impacientes respecto a escrúpulos democráticos tales como los de "un hombre, un voto". Si la democracia no funciona para la empresa, la institución clave de toda sociedad, estos ejecutivos americanos se preguntan cómo puede esperarse que funciones para el gobierno de la nación (particularmente cuando el gobierno intenta interferir con los logros de las grandes empresas); los autores del informe observan que los patrones de autoridad que funcionan de manera efectiva en la compañía se convierten a ojos de los ejecutivos y hombres de negocios en el "modelo deseable respecto al cual se han de comparar el resto de relaciones políticas y económicas de la sociedad" (Silk y Vogel, 1976). Aunque tales descubrimientos están lejos de ser concluyentes, no obstante reflejan un creciente sentimiento general: lo que dilemas como el de la crisis energética exigen no es una redistribución de los bienes ni una mayor participación pública, sino una gestión pública más centralizada y considerablemente más fuerte: la propuesta de la administración Carter para un "Energy Mobilization Board" y otras similares.

Un caso especial en el que los requisitos operativos de cierto sistema tecnológico podrían influir en la calidad de la vida pública y que está siendo actualmente sometido a intensos debates es el de los riesgos de la energía nuclear. A medida que se agota el suministro de uranio para los reactores nucleares, el plutonio tiende a presentarse como un sustituto adecuado generado como subproducto en los reactores. Existen objeciones bien conocidas al reciclaje del plutonio debido a sus costes económicos, sus riesgos contaminantes y sus riesgos relativos a la proliferación mundial de armas nucleares. No obstante, más allá de estos problemas existe otro conjunto de peligros menos apreciados: aquéllos que implican la restricción de libertades civiles. La extensión del uso de plutonio como combustible en las centrales nucleares aumentaría la probabilidad de que éste fuese robado por grupos terroristas, el crimen organizado u otras personas. Esto daría lugar a la perspectiva, nada trivial, de un incremento extraordinario de las medidas se seguridad en torno al plutonio para evitar su robo. Los trabajadores de la industria nuclear, así como los ciudadanos de a pie, podrían muy bien empezar a ser objeto de registros, acusaciones de espionaje, vigilancia e incluso medidas como la ley marcial, todo ello justificado como medidas de seguridad respecto al plutonio.

El estudio de Russell W. Ayres sobre las ramificaciones legales del reciclaje del plutonio concluye: "Con el paso del tiempo y el incremento de la cantidad de plutonio existente surgirá una fuerte presión para la eliminación de los controles tradicionales de los tribunales y el poder legislativo sobre las actividades del ejecutivo y el desarrollo de una autoridad central fuerte que garantice una estricta seguridad". Ayres advierte que "una vez que cierta cantidad de plutonio haya sido robada, la necesidad de poner todo el país patas arriba con el fin de recuperarla será algo inevitable". De esta manera, el autor anticipa y se preocupa por los tipos de pensamiento que caracterizan, como ya he señalado, a las tecnologías inherentemente políticas. No obstante, es cierto que, en un mundo en el que los seres crean y mantienen sistemas artificiales, nada es absolutamente "necesario". Pero, una vez que un determinado curso de acción esté en marcha, una vez que artefactos como las centrales nucleares han sido construidos y activados, los modos de justificar la adaptación de la vida social a los requerimientos técnicos crecerán tan espontáneamente como los hongos. En palabras del propio Ayres, "una vez que el reciclado comience y los riesgos de un robo de plutonio se hayan hecho realidad, los casos de infringimiento de los derechos fundamentales por parte de los gobiernos serán un hecho" (Ayres, 1975: 374, 413-414, 443). Después de cierto tiempo, aquellos que no acepten las duras condiciones e imperativos serán considerados unos soñadores o unos estúpidos.

Las dos modalidades de interpretación que he esbozado muestran cómo es posible que los artefactos tengan cualidades políticas. En primer lugar, nos centramos en cómo pueden las características específicas del diseño y planificación de un artefacto o sistema convertirse en medios de establecer determinados patrones de poder y autoridad en un cierto entorno. Las tecnologías de este tipo poseen un cierto rango de flexibilidad en las dimensiones de su forma material. Es precisamente por esto por lo que sus consecuencias para la sociedad deben entenderse en relación a los actores sociales capaces de influir sobre ellas mediante los diseños y planes seleccionados. En segundo lugar, examinamos de qué modos las propiedades rebeldes de ciertos tipos de tecnología se encuentran fuertemente, y quizá inevitablemente, ligadas a particulares patrones institucionalizados de poder y autoridad. Aquí, la elección inicial sobre si se debe o no se debe adoptar algo es decisiva para las consecuencias. No existen diseños físicos o planes alternativos que den lugar a diferencias significativas; lo que es más, no existen genuinas posibilidades de una intervención creativa por parte de diferentes sistemas sociales (capitalistas o socialistas) que puedan alterar la rebeldía de la entidad o cambiar significativamente las cualidades de sus efectos políticos.

Saber qué variedad interpretativa se aplica en cada caso determinado es lo que a menudo puede discutirse, algunas veces de manera apasionante, en relación al significado de la tecnología y cómo vivimos. Yo he defendido la postura de "ambas", puesto que me parece que ambos tipos de interpretación pueden aplicarse según cuáles sean las circunstancias. De hecho, puede suceder que en un complejo tecnológico determinado (un sistema de comunicaciones o transporte, por ejemplo) algunos aspectos sean flexibles respecto de sus posibilidades para la sociedad, mientras que otros aspectos sean (para mejor o peor) completamente rígidos. Las dos variedades de interpretación que he sugerido pueden superponerse una a la otra y relacionarse en muchos aspectos.

Todos estos son, por supuesto, temas respecto a los cuales se puede estar de acuerdo o no. De esta manera, los defensores de energías alternativas creen haber descubierto al menos un conjunto de tecnologías igualitarias, democráticas y comunitarias. Tal y como yo lo veo, las consecuencias sociales de las energías alternativas dependerán exclusivamente tanto de la configuración del hardware como de la de las instituciones sociales creadas con el fin de distribuir la energía. Puede ser que encontremos formas de descubrir las orejas del lobo debajo de la piel de cordero. Al contrario, los defensores del desarrollo de la energía nuclear parecen creer que están trabajando con una forma de tecnología muy flexible cuyos efectos sociales adversos pueden ser fácilmente evitados por medio del cambio en los parámetros del diseño de reactores y en los sistemas de depósito de residuos nucleares. Por razones más arriba señaladas, creo que tienen una fe ciega y peligrosa. Sí, es posible que seamos capaces de gestionar algunos de los riesgos que conlleva la energía nuclear respecto a la seguridad y la salud públicas. Pero ¿cuáles serían las consecuencias para la libertad a medida que la sociedad se adaptara a las cada vez más peligrosas e ineludibles características de la energía nuclear?.

Mi opinión de que deberíamos prestar más atención a los objetos técnicos en sí mismos no quiere decir que podamos pasar por alto los contextos en los que están dados tales artefactos. Un barco en alta mar puede muy bien necesitar un único capitán y una tripulación obediente. Pero un barco averiado, en la dársena, sólo necesita personas que lo reparen. Entender qué tecnologías y qué contextos son los realmente importantes para nosotros es una empresa que implica tanto el estudio de los sistemas técnicos específicos y de su historia como el estudio completo de los conceptos y controversias de la teoría política. Hoy por hoy, la gente desea a menudo hacer cambios drásticos en sus modos de vida acordes con la innovación tecnológica y, al mismo tiempo, se resiste a cambios similares justificados sobre bases políticas. Si no es por otra razón, al menos por esa es necesario lograr una visión acerca de estas cuestiones más clara que la que hemos tenido durante demasiado tiempo.

 

Referencias

 

Argue, R., B. Emanuel y S. Graham (1978), The Sun Builder's: A People to Solar, Wind and Wood Energy in Canada, Toronto: Renewable Energy in Canada.

Ayres, R.W. (1975), "Policing Plutonium: The Civil Liberties Fallout", Harvard Civil Rights-Civil Liberties Law Review 10.

Caro, R.A. (1974), The Power Broker: Robert Moses and the Fall of New York, Nueva York: Random House.

Chandler, A.D. Jr. (1977), The Visible Hand: The Crisis of Confidence in American Business, Cambridge (Mass.): Harvard University Press.

Mander, J. (1978), Four Arguments for the Elimination of Television, Nueva York: William Morrow.

Mumford, L. (1964), "Autoritarian and Democratic Technics", Technology and Culture 5: 1-8.

Ozanne, R. (1967), A Century of Labour-Management Relations at McCormick and International Harrester, Madison: University of Wisconsin Press.

Raul, E. (ed.) (1967), The Encyclopedia of Philosophy, 8 vol., Nueva York: McMillan.

Silk, L. y Vogel, D. (1976), Ethics and Profits: The Crisis of Confidence in American Business, Nueva York: Simon and Schuster.

Winner, L. (1977), Autonomous Technology: Technics-out-of-Control as a Theme in Political Thought, Cambridge (Mass.): MIT Press.

 

Notas

 

(1) Versión castellana de Mario Francisco Villa.

(2) Me gustaría expresar mi agradecimiento a Merritt Roe Smith, David Noble, Charles Weiner, Sherry Turkle, Loren Graham, Gail Stuart, Dick Sclove y Stephen Graubard por sus comentarios y críticas. También deseo darle las gracias a Doris Morrison, de la Biblioteca de Agricultura de la Universidad de California, por su ayuda bibliográfica

(3) El significado de "tecnología" que empleo en este ensayo no se adecúa a algunas definiciones más amplias de dicho concepto que se pueden encontrar en la literatura contemporánea; por ejemplo, la noción de "técnica" en los escritos de Jacques Ellul. Mi propósito en este ensayo es mucho más limitado. Para una mayor dicusión de todas las dificultades que pueden surgir a la hora de definir la "tecnología", véase Raul (1967).

(4) véase Robert A. Caro (1974), pp. 318, 481, 514, 546, 951-958

(5) Véase, por ejemplo, Argue, Emanuel y Graham (1978). "Pensamos que la descentralización es un componente implícito de la energía recuperable; esto implica la descentralización de los sistemas de energía y comunidades de poder. La energía recuperable no necesita fuentes productoras de energía colosales con medios de transmisión y transporte poco estéticos y peligrosos. Nuestras ciudades y pueblos, que hasta ahora han dependido de los suministros centralizados de energía, pueden lograr así algo de autonomía por medio del control y la administración de sus propios recursos energéticos" (p. 6)

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Autoridades tecnológicas y tecnologías de autoridades
Un trabajo para la asignatura "Teoría de la Sociedad"