Para la asignatura de Filosofía Contemporánea
Trabajo de Miguel Ángel Gallardo Ortiz sobre
Bergson, Henri-Louis (1859-1941)


Un pensador verdaderamente grande no puede ser explicado por sus predecesores, decía Bergson
Pero la cuestión, aquí y ahora, es si otros mucho menores que él podemos aspirar a resumirle, dignamente.

Una biografía muy resumida, de una intensa vida intelectual

    Bergson, Filósofo francés considerado vitalista y espiritualista, nació en París, segundo de una familia de siete hermanos, el 18 de octubre de 1859 (el mismo año en el que nació el fenomenólogo Husserl, y en el que también se publicó "El origen de las especies" de Charles Robert Darwin) de madre inglesa (Katherine Lewison provenía de Doncaster, Yorkshire, Inglaterra) y padre exiliado polaco de origen judío (Michael Bergson era músico, compositor y pianista, y llegó a dirigir el conservatorio de Ginebra).  Sobre su madre, Bergson escribe, ya en su madurez:

Mi madre fue una mujer de una inteligencia superior, un alma religiosa en el sentido más elevado de la palabra y cuya bondad, devoción y serenidad, podría decir casi cuya santidad, causaron la admiración de todos los que la conocieron (cita tomada también de Bergson, por Pedro Chacón).

   Cuando era muy joven, Henri Bergson demostró aptitudes tanto para las disciplinas humanísticas como para las científicas (ganó varios concursos de matemáticas, según se menciona en "Mélanges", pág. 247 y ss.), recordando así aquellos años: Cuando yo estaba en el Liceo la filosofía era muy oratoria y muy vacía. Me gustaban sobre todo las ciencias, y en particular las matemáticas, porque eran sólidas.

   Finalmente, decidió estudiar filosofía en la École Normale Supérieure, con E. Boutroux y L. Ollé-Laprune. Ejerció como profesor de enseñanza secundaria en varios Liceos: en Angers, en el Liceo Blaise Pascal de Clermont-Ferrand y en París. Los años de estancia en Clermont-Ferrand fueron definitivos para la maduración de sus tesis y para la continuación de la recepción de la influencia tanto del empirismo inglés (especialmente de Hume) y del evolucionismo de H. Spencer (autor de "Primeros principios"), como del espiritualismo francés de Maine de Biran, J. Lachelier (espiritualista autor de "El fundamento de la inducción", obra ampliada en "Psicología y metafísica", que dejó profunda huella en Bergson) y Ravaison (a quien más tarde Bergson sustituyó como miembro de la Academia de Ciencias Morales y Políticas ingresando con el discurso bergsoniano "La vida y la obra de Ravaison"). También, durante los años de estancia en Clermont-Ferrand, Bergson empezó a manifestar su interés -aunque siempre muy cauto-, por los fenómenos parapsicológicos (posteriormente fue miembro del Instituto General Psicológico de París y Presidente de la British Society for Psychical Research de Londres). Pero si un pensador verdaderamente grande no puede ser explicado por sus predecesores, tampoco puede ser excesivamente condicionado por algunas creencias esotéricas.

    En 1889, año en que abandonó Clermont-Ferrand para instalarse en París (donde fue profesor en los liceos Louis le Grand y Henri IV), obtuvo el doctorado en filosofía con sus dos tesis: "Quid Aristoteles de loco senserit", (tesis en latín cuyo título traducimos por "La idea de lugar en Aristóteles") y especialmente con el "Ensayo sobre los datos inmediatos de la conciencia", obra que causó gran impacto, y que se publicó el mismo año 1889. Tras la publicación de su segunda gran obra, "Materia y memoria", en 1896, y "La risa", en 1900, obtuvo una cátedra en el Collège de France, donde sus conferencias alcanzaron gran fama. En 1907 publica su tercera gran obra: "La evolución creadora". En 1914 fue aceptado como miembro de la Academia francesa y en 1928 recibió el premio Nobel de literatura. Durante la primera guerra mundial, y en los años posteriores, obtuvo varios encargos diplomáticos, y viajó por varios países dando conferencias filosóficas ( Londres, Nueva York, Madrid...). Su actividad prolítica tiene mucho más de misión patriótica que de ambición de poder, y es entendida y realizada por Bergson como un servicio, como una misión, en sus misiones.

   En "El Pensamiento y lo moviente" (1930), que según nuestra profesora Dra. Gemma Muñoz-Alonso López constituye su testamento filosófico, Bergson nos deja constancia de la impronta que dejó en él la obra de Spencer, de cuya decepción surgen los elementos centrales de la filosofía bergsoniana.

Su última obra, "Las dos fuentes de la moral y de la religión", apareció en 1932. Murió en París en 1941, al año siguiente a la ocupación de los nazis. Pese a haberse acercado muchísimo al catolicismo en los últimos años de su vida, quiso morir como judío, como dijo en su testamento, para participar de la suerte de los que habían de ser perseguidos.

Un retrato literario de Bergson

No es, por supuesto, inhumano, sino, por así decir, ahumano: pequeño, mago secreto, furtivo, que le habla a uno como si quisiera poder retirarse muy deprisa: cuando está obligado a estrechar la mano, se diría que el contacto le impacta y pertirba alguna cosa en él. Incluso, la imposibilidad de encontrar su mirada: esa mirada completamente vuelta hacia dentro os permanece, por así decir, paralela. (Charles du Bos, Journal, 22-II-1922, citado en J. Guiton: 1960, 113 y en Bergson, por Pedro Chacón, pág. 34).

La filosofía de Henri Bergson

   Lo que más poderosamente llama la atención en el limpio, suave, bien hilado, y sólidamente fundamentado discurso de Bergson, es su filosofar "a la contra", reconocido por el mismo Bergson en "El Pensamiento y lo moviente", así:

¿No es obvio que el primer paso del filósofo, cuando su pensamiento es todavía incierto y no tiene nada definitivo en su doctrina, consiste en rechazar definitivamente algunas cosas? Más tarde podrá variar en quien lo afirme, pero no variará apenas en lo que niegue.

Y más aún, en el recopilatorio "Les Cahiers du Rhône" (1943), según la cita que hace Pedro Chacón (Bergson, pág. 15):

Mis libros han sido siempre la expresión de un descontento, de una protesta. Hubiera podido escribir muchos otros, pero no escribí más que para protestar contra lo que me parecía falso.

    La filosofía bergsoniana se inscribe en el contexto de la crítica al positivismo, a la psicología asociacionista y al neokantismo, y aparece como continuadora de un cierto espiritualismo, pero destaca especialmente su enfoque vitalista y su interés por el evolucionismo. Tuvo también muchas conexiones con el pragmatismo, especialmente con el de su amigo William James (muy influenciado por Bergson, especialmente en su concepción del stream of thought) y con la concepción utilitarista de la ciencia. No obstante, no puede hablarse propiamente de fieles discípulos de Bergson, quizás con la excepción de Edouard Le Roy, que continuó su línea de pensamiento en el Collège de France.

   El bergsonismo, que llegó a ser una moda intelectual, influyó también sobre Maritain, sobre algunas corrientes fenomenológicas (sobre Scheler especialmente), sobre el existencialismo y sobre varias corrientes estéticas (sobre Proust, pariente de Bergson, y sobre Antonio Machado, por ejemplo). La discusión entre Bergson y Einstein a raíz de la publicación de Duración y simultaneidad (1922), ejerció una fuerte influencia sobre A. N. Whitehead y sobre H. Poincaré. Polemizando con el trasfondo filosófico dominante en su época, Bergson elabora su idea fundamental, la de la duración: no solamente el hombre se percibe a sí mismo como duración (durée réelle, idea fundamental que desarrolla en Ensayo sobre los datos inmediatos de la conciencia y en Materia y memoria 1896), sino que también la realidad entera es duración y élan vital (idea que desarrolla en La evolución creadora). De esta manera, la noción de duración es el núcleo de la filosofía bergsoniana, y corrobora lo que el mismo Bergson afirmaba sobre todos los grandes filósofos, a saber, que cada uno de ellos sólo ha tenido una gran idea que ha ido desarrollando en su obra (ver textos).

   Por una parte, la concepción general acerca de los estados de conciencia que nos proporciona la psicología al uso (Bergson se enfrenta con las concepciones de Weber, Fechner y la psicología de inspiración positivista) está falseada por una errónea concepción del tiempo, según la cual nos percibimos como una conciencia en la que se agrupan percepciones, recuerdos, vivencias, etc., como un espacio íntimo accesible a cada cual.

Acerca de la duración y el movimiento

A diferencia de Hegel, Schopenhauer y Spencer, Bergson no fue el creador de un sistema filosófico concebido como conjunto en su juventud y desarrollado más tarde en la vida. Hay, no obstante, en su filosofía una idea que se destaca y que, según se cuenta, fue concebida por él durante una caminata por Clermont-Ferrand cuando tenía 25 años de edad. Desde Platón, la filosofía había consistido en eliminar la duración, en contemplar el tiempo como una ilusión, y Bergson se preguntó si, por él contrario, el ser finito del que los filósofos tenían conocimiento por la reflexión, no sería el Tiempo mismo, no sería algo imperecedero. El substituyó, por consiguiente, la frase de Descartes "Yo soy una cosa que piensa" por la frase "Yo soy una cosa que dura" y el "sub specie ternitatis" de Spinoza, por la "sub specie durationis". Reemplazando en esta forma los valores estéticos por valores de moción y cambio, operó una verdadera revolución en el campo de la filosofía. Toda su obra esta relacionada con la duración y el movimiento. Bergson no procede por especulación general. Según él, la filosofía como ciencia sólo puede progresar descartando las teorías generales y los sistemas universales y dedicando la atención a los problemas particulares. En cuanto a su método, mientras la mayor parte de los filósofos idealistas contemporáneos trataban de conciliar la filosofía con la ciencia, Bergson substituyó el método propiamente científico por un método nuevo fundado en la intuición. El parte de esta idea esencial: que si queremos representarnos la verdadera naturaleza de la vida, debemos aplicar a este objeto, sobre él cual el conocimiento intelectual no puede tener ninguna captación, otra forma de conocimiento, no analítico, sino directo, inmediato, el cual tiene su principio en el instinto, razón por la cuál muchos han creído ver en el bergsonismo una apoteosis de la intuición y de los valores místicos.

El modelo del tiempo de las ciencias físicas y matemáticas se basa en una concepción del tiempo que desprovee a éste de su auténtica cualidad. El tiempo de las matemáticas, que es el tiempo introducido en las ecuaciones de la mecánica, no es el tiempo real, sino una mera abstracción fruto de una previa espacialización: una mera sucesión de instantes estáticos, indiferentes a las diferencias cualitativas y recíprocamente externos. Dicha concepción espacializada del tiempo (a la que Bergson contrapone la duración real) es la que está en la base de las nociones de intensidad que los psicólogos quieren cuantificar (se puede cuantificar un estímulo, pero no una sensación, según Bergson), y surge de la mera abstracción matemática y de la simplificación efectuada por el entendimiento, que es víctima de la tendencia esclerotizadora de un lenguaje, que sólo es capaz de articularse a partir de unidades discretas que tienden a la espacialización.

   En las ecuaciones de la física, el parámetro t, que representa al tiempo, es reversible, pero en la vida real de la conciencia domina la irreversibilidad. La realidad, tal como nos la muestra la auténtica experiencia (los datos inmediatos de la conciencia) es, en cambio, que el conocimiento de nuestra conciencia tiene características no espaciales.

   Los contenidos de nuestra conciencia -sensaciones, sentimientos, pasiones, esfuerzos- se captan de un modo peculiar: aparentemente están como yuxtapuestos y diferenciados, cada uno con su singularidad y, mediante la inteligencia, los pensamos como dispuestos espacialmente; se trata de una penetración de lo exterior en el interior, de lo que es espacio-temporal en lo que es internamente vivido. Pero, en lo profundo de la conciencia, en el yo interior, los estados de conciencia se funden y organizan en una unidad que no es espacial, sino que posee las características de la duración.

   La aparente yuxtaposición y diferenciación de los estados de conciencia, tal como los describe la psicología asociacionista, por ejemplo, es fruto de una distorsión operada por influjo del lenguaje y de la inteligencia, que están orientados a la acción y deforman la realidad espacializándola y anquilosándola en unidades discretas y estáticas. Esta tesis de la irreductibilidad de lo superior, es decir, la conciencia, a lo inferior, es decir, la sensación corporal; o lo que es lo mismo, la irreductibilidad del espíritu a materia, es la que emparenta a Bergson con las tesis espiritualistas.

   Desde la perspectiva reduccionista, se tiende a percibir los estados de conciencia como si guardasen entre sí una cierta distinción a semejanza de las cosas que requieren espacio para diferenciarse (aunque en la conciencia no hay espacio). De ahí que dichos estados de conciencia sean considerados desde la perspectiva de la multiplicidad numérica.  A juicio de Bergson, analizando diversos estados psíquicos comprobamos que no se puede hablar de magnitud allí donde no hay ni multiplicidad ni espacio. Una nota musical nos la representamos en el espacio como más alta que otra nota o con una intensidad mayor que otra cuando, si meditáramos un poco, nos daríamos cuenta que las diferencias son cualitativas y no cuantitativas.

   En cambio, desde la perspectiva de los datos inmediatos de la conciencia, se pierde esta multiplicidad numérica y sólo queda una multiplicidad cualitativa que el hombre percibe en una sucesión continua que enlaza el presente con el pasado, y en la que no se descomponen las vivencias, sino que se armonizan entre sí, como sucede, dice Bergson, con las notas de una melodía: es la duración, que es a la vez el tiempo real de la conciencia, tal como lo experimentamos profundamente por medio de la intuición, y diferente del tiempo espacializado de las ciencias físicas.

   Esta insistencia bergsoniana en distinguir entre dos tipos de multiplicidad (una multiplicidad cuantitativa y espacializante y una multiplicidad cualitativa), le conduce a efectuar un análisis de la noción de número y es la que está en la base de la concepción de la diferencia en el pensamiento de Gilles Deleuze. La superación del estrecho punto de vista del mecanicismo y del positivismo implica también pensar dos clases distintas de orden para superar los falsos problemas engendrados por la espacialización de la conciencia. Aquella misma tendencia espacializadora del entendimiento inscrita en el lenguaje, y que está en la base de los modelos de explicación de las ciencias, engendra los dualismos materia-espíritu, determinismo-libertad, ser-nada, etc., que desde aquel punto de vista aparecen como irresolubles. Es especialmente conocido el análisis que efectúa Bergson del falso problema (y su disolución) que enfrenta las nociones de ser y nada (ver texto 1  y texto 2 ). Si en La evolución creadora Bergson disuelve el pseudoproblema de la contraposición entre ser y nada, en Los datos inmediatos de la conciencia utiliza la idea de duración para resolver otro de estos problemas: el de la libertad. En esta obra muestra que la negación de la libertad, es decir, el determinismo, es fruto de aquella concepción asociacionista de la conciencia que ha combatido.

 Desde el punto de vista asociacionista se tiende a pensar que son los odios, simpatías, etc., los que nos impulsan a actuar, como si estos estados de conciencia existiesen en nuestro interior e interactuasen entre sí de forma mecanicista. Pero, según Bergson, el origen de nuestras acciones es el yo profundo, interior, el sujeto de la duración, donde no hay diferenciación de motivos, sentimientos, decisiones, sino que cada uno de ellos, dice, retomando una frase de Platón, representa al alma entera, y decir que el alma se determina por cualquiera de estos sentimientos es, pues, lo mismo que reconocer que se determina por sí misma.

En Materia y memoria aborda la relación mente-cuerpo. Bergson sustenta que la memoria recoge y conserva todos los aspectos de la existencia, y que es el cuerpo, y especialmente el cerebro, el medio que permite recobrar los datos mnémicos haciendo aflorar recuerdos de forma concomitante a percepciones, o de forma más libre en los sueños. En cualquier caso, la concepción de la memoria en Bergson es radicalmente nueva: según él no vamos del presente al pasado; de la percepción al recuerdo, sino del pasado al presente, del recuerdo a la percepción. El cerebro no es, pues, el órgano del pensamiento y de la memoria o su depositario, sino solamente un instrumento que permite traducir los recuerdos en movimientos, y enlazar lo psíquico con lo corporal. Mientras la dimensión psíquica es propiamente la totalidad de lo vivido, pura espontaneidad y creatividad, el cuerpo se centra en lo presente y está orientado hacia la acción.

La «evolución creadora»

En la Evolución creadora Bergson extiende la noción de duración que ha elaborado en sus dos grandes obras anteriores. Ahora la duración no constituye solamente el ser de la conciencia; la realidad exterior también es duración, siempre cambiante. Esta extensión y generalización de la duración, surgida del análisis de la propia conciencia, la efectúa Bergson sobre las bases del evolucionismo de Spencer, elaborando un evolucionismo cosmológico.Al igual que la conciencia, que es una creación continua de sí misma (tesis en la que Bergson recibe el influjo del empirismo británico), también la existencia en general consiste en un proceso de autocreación indefinida. Y de la misma manera que la psicología positivista y mecanicista fragmenta la conciencia real en unidades discretas y yuxtapuestas en el espacio, la ciencia también espacializa la realidad y la fragmenta en cosas yuxtapuestas espacialmente distintas para estudiar susrasgos comunes, dentro de una visión mecanicista. El conocimiento de la realidad se obtiene, por consiguiente, con la ciencia y con la filosofía: la ciencia alcanza sólo el aspecto material del mundo, según el cual las cosas se disponen en el espacio, recurriendo a los métodos analíticos y espacializadores de la inteligencia; mientras que la filosofía capta el espíritu, la realidad en cuanto es conciencia, duración, recurriendo a la intuición que define como «la simpatía por la cual nos trasladamos a lo interior de un objeto para coincidir con lo que tiene de único y por consiguiente de inexpresable». (Ver texto 1 , texto 2  y texto 3 ).

El aspecto ontológico de la duración (también la realidad es duración, tiempo verdadero -no espacializado- que se manifiesta como «evolución creadora»), se manifiesta especialmente en los procesos evolutivos de los seres vivos, que son expresión de un élan vital, impulso creador. En la realidad no hay cosas, sino acciones, y todo se debe a la acción del impulso vital, que es la actualización de lo virtual (opuesto a lo meramente posible: ver texto1  y texto 2 ), y que engendra la imprevisible novedad. En este sentido, y en tanto que todo es duración, invención, impulso, energía creadora, todo es conciencia. Todas las características del ser vivo son también características de la conciencia: «continuidad en el cambio, conservación del pasado en el presente, verdadera duración». En contra del evolucionismo de Darwin, al que todavía considera una explicación mecanicista de la vida, y en contra también de las tesis finalistas, Bergson sustenta la «evolución creadora» como explicación de los procesos evolutivos. Para ilustrar esta hipótesis estudia la formación evolutiva de diversos órganos, en especial dedica su atención a los procesos de formación del ojo en los moluscos y en los vertebrados. La semejanza que muestran («complejidad de estructura y simplicidad del funcionamiento»), siendo fruto de líneas evolutivas tan divergentes, no se explica recurriendo a un evolucionismo darwinista, pero en cambio puede explicarla la hipótesis de un impulso vital común. La evolución de las especies es fruto del impulso vital originario, mientras que la materia es el impulso vital degradado, su reflujo o aspecto reactivo ante el impulso creador activo que debe vencer su inercia.Además, en la evolución se manifiestan dos grandes líneas filéticas distintas: la que origina el triunfo del instinto -en los insectos, por ejemplo-, y la que genera el triunfo de la inteligencia, capaz de fabricar instrumentos artificiales y dominar la tierra. El hombre ha desarrollado al máximo la inteligencia y nuestra especie se ha constituido como homo faber, pero esta misma inteligencia, orientada a la acción y a la supervivencia, entendida como dominación de la tierra, crea sus propias barreras a otro estadio superior, el de la intuición. La inteligencia permite la formación de conceptos, crea esquemas y categorías vacías, y engendra el lenguaje.

Procediendo de una necesidad de adaptación a la vida y de solución de problemas prácticos, la inteligencia está todavía demasiado atada a sus grandes logros: la abstracción, la técnica y la ciencia. Pero la ciencia no es realmente cognoscitiva, sino práctica y utilitaria. Bergson defiende una concepción del conocimiento científico que, por una parte, le acerca a las tesis de los defensores del pragmatismo, como su íntimo amigo William James y, por otra parte, se asemeja a la mantenida por los filósofos vitalistas, como Nietzsche, por ejemplo. La ciencia fracciona lo real en unidades discretas y la convierte en estática. Como el cine, cuya sensación de movimiento es la irreal yuxtaposición de fotogramas estáticos. Esta estatificación de lo real permite su cómodo etiquetado lingüístico en conceptos también estáticos y fácilmente cuantificables. No obstante, si la inteligencia, surgida como superación del instinto en una etapa de la evolución biológica, es capaz de mantener su vinculación con la conciencia pero, a la vez, recuperar lo instintivo, entonces surge la intuición, que permite un conocimiento más profundo que el suministrado por la inteligencia, y que hace posible la superación de las barreras interpuestas por un lenguaje incapaz de fundirse con lo real.

    En Las dos fuentes de la moral y la religión, Bergson aplica también la teoría del impulso vital creador a la esfera de la moral y la religión. La organización social humana es también fruto de la evolución. A diferencia de la organización social de muchos insectos u otros animales sociales, la sociedad humana no está totalmente determinada por el instinto, sino que depende de la libre elección. En esta libre elección surgen la religión y la moral como guías para la acción. En las sociedades primarias, la fuerza dominante es la de una religión dominadora que impone a los individuos férreas constricciones para garantizar la adquisición de hábitos morales fundamentales. Pero el desarrollo del cristianismo y de la ciencia permiten la creación de sociedades más abiertas y no violentas, aunque la industrialización también engendra una sociedad orientada hacia la satisfacción de meras necesidades materiales que engendra guerras e injusticias. Todo este proceso mana de dos fuentes: la sociedad y el impulso amoroso. La primera, como hemos dicho, da origen a la «moral cerrada», la que impone el grupo social humano (presión social); es la moral que se manifiesta en las obligaciones y costumbres sociales y en las religiones constrictivas. En cambio, la «moral abierta» es la que se origina en la libertad y el amor, en el impulso amoroso (élan d'amour); es propia de la humanidad en general, no de un determinado grupo humano, y se manifiesta en aquellos valores humanos que han ensalzado los sabios de Grecia, los profetas bíblicos y las grandes figuras de las religiones. En el hombre coexisten las dos morales porque el individuo ha de participar de la moral del grupo, pero necesita también la moral superior de la libertad y el amor. De la misma manera, también se dan dos clases de religión: la estática y la dinámica. La primera es una religión inferior, llena de mitos y fábulas, proviene de la función fabuladora que el hombre desarrolla en su evolución con una finalidad de supervivencia y para hallar la tranquilidad ante el miedo y los peligros que la inteligencia, orientada a la supervivencia de la especie, le pone de manifiesto. Es una religión estática, inferior, natural. La segunda es la religión superior, que prescinde de los mitos y los cultos repetitivos y vacíos. Es una religión dinámica que coincide con el impulso vital creador y se manifiesta en el misticismo que asegura la seguridad y la serenidad del hombre de una manera superior: llegando a la unión con Dios. La plena realización de este ideal expresado en el misticismo constituiría un verdadero nuevo salto evolutivo.

Obras de (y sobre) Henri Bergson

La elaboración de este trabajo se ha basado en:

Bergson, de Gemma Muñoz-Alonso López (profesora de la asignatura para la que se realiza este trabajo), Biblioteca Filosófica de Ediciones Orto, 1996
Bergson, de Pedro Chacón Fuertes, Editorial Cincel, 1988
Diccionario Filosófico de Herder
Historia de la Filosofía de Julián Marías, Alianza Editorial

Además de las obras citadas anteriormente destacamos:
La energía espiritual, 1919.
El pensamiento y lo moviente, 1934. (Es una colección de diversos ensayos, entre los que destacan: Introducción a la metafísica (1903), La intuición filosófica (1911), Lo posible y lo real (1930), La percepción del cambio (1911), Posición de los problemas (1930), y un estudio sobre el pragmatismo de W. James de 1911)

Las obras de Bergson están editadas en:

Oeuvres, édition du centenaire, PUF, París 1959, con una introducción a cargo de Henri Gouhier y anotación de los textos de André Robinet. Estas obras excluyen la edición de Duración y simultaneidad, que está editada, junto con artículos de revistas y correspondencia, en Mélanges, PUF, París 1972.

Traducciones españolas:
Existe traducción de la mayoría de las obras en:
H. Bergson, Obras escogidas, Aguilar, México 1963.
Existen traducciones de varias de sus obras en otras editoriales, por ejemplo:

El pensamiento y lo moviente, La Pléyade, Buenos Aires 1972.
La evolución creadora, Espasa-Calpe, Madrid 1973.
La risa, Espasa-Calpe, Madrid 1973.
Introducción a la metafísica, Siglo Veinte, Buenos Aires 1979.
La energía espiritual, Espasa-Calpe, Madrid 1982.

Textos escogidos de Henri Bergson

Texto 1, La evolución creadora, en Obras escogidas, Aguilar, México 1963, p.446-447.

Henri Bergson: la duración es el todo (el vaso de agua azucarada)

Sin embargo, la sucesión es un hecho indiscutible, incluso en el mundo material. Nuestros razonamientos sobre los sistemas aislados en vano implicarán que la historia pasada, presente y futura de cada uno de ellos sea explicable toda de una vez, como desplegada en abanico; esta historia se desenvuelve poco a poco, como si ocupase una duración análoga a la nuestra. Si deseo prepararme un vaso de agua azucarada, por más que haga, debo esperar a que el azúcar se disuelva. Este hecho sin importancia esta lleno de enseñanzas. Pues el tiempo que tengo que esperar no es ya ese tiempo matemático que se aplicaría también a lo largo de la historia entera del mundo material, aun cuando se nos mostrase toda de una vez en el espacio. Coincide con mi impaciencia, es decir, con una cierta porción de mi duración, que no es prolongable ni reducible a voluntad. No se trata ya de algo pensado, sino de algo vivido, esto es, de una relación, de lo absoluto. ¿Y no equivale a decir que el vaso de agua, el azúcar, y el proceso de disolución del azúcar en el agua son sin duda abstracciones, y que el Todo en el que están recortados por mis sentidos y mi entendimiento progresa quizá a la manera de una conciencia?

Ciertamente, la operación por la cual la ciencia aísla y cierra un sistema no es una operación completamente artificial. Si no tuviese un fundamento objetivo no se explicaría que estuviese indicada en ciertos casos, pero no en otros. Veremos que la materia tiene una tendencia a construir sistemas aislables, que pueden tratarse geométricamente Incluso la definiremos por esta tendencia. Pero no se trata más que de una tendencia. La materia no va hasta el fin, y el aislamiento no es nunca completo Si la ciencia va hasta el fin y aísla por completo, es para facilidad del estudio. Ella sobreentiende que el sistema, aislado, permanece sometido a ciertas influencias exteriores. Les da simplemente de lado, ya porque las encuentre demasiado débiles para despreciarlas ya porque se reserve tenerlas en cuenta más tarde. No es menos verdad que estas influencias son como otros tantos hilos que enlazan el sistema a otro más amplio, éste a un tercero que engloba a los dos, y así en sucesión hasta llegar al sistema más objetivamente aislado y más independiente de todos: el sistema solar en su conjunto. Pero, aun aquí, el aislamiento no es absoluto. Nuestro sol irradia su calor y su luz más allá del planeta más lejano. Y, por otra parte, se mueve, y arrastra consigo los planetas y sus satélites, en una dirección determinada. El hilo que le ata al resto del universo es sin duda muy tenue. Sin embargo, a lo largo de este hilo se transmite, hasta la más pequeña parcela del mundo en que vivimos, la duración inmanente al todo del universo.


El universo dura. Cuanto más profundicemos en la naturaleza del tiempo, más comprenderemos que duración significa invención, creación de formas, elaboración continua de lo absolutamente nuevo. Los sistemas delimitados por la ciencia no duran sino porque están indisolublemente ligados al resto del universo. Es verdad que en el universo mismo debemos distinguir, como diremos más adelante, dos movimientos opuestos: el uno, de «descenso»; el otro, de «subida». El primero no hace más que des envolver un rollo ya preparado. Podría, en principio, realizarse de una manera casi instantánea, como ocurre a un resorte que se afloja. Pero el segundo, que corresponde a un trabajo interior de maduración o de creación, dura esencialmente, e impone su ritmo al primero, que es inseparable de él.

Nada impide, pues, atribuir a los sistemas que la ciencia aísla una duración y, por ello, una forma de existencia análoga a la nuestra, si se les reintegra al Todo.

Texto 2: La evolución creadora, en Memoria y vida. Textos escogidos por Gilles Deleuze, Alianza, Madrid 1977, p. 18-20.

Henri Bergson: la duración y el movimiento

¿Podemos considerar la flecha que vuela? En cada instante, dice Zenón, está inmóvil porque no tendría tiempo de moverse, es decir, de ocupar por los menos dos posiciones sucesivas, a no ser que, por lo menos, se le concedan dos instantes. En un momento dado está por tanto en reposo en un punto dado. Inmóvil en cada punto de su trayecto, está inmóvil durante todo el tiempo que se mueve.

Sí, si suponemos que la flecha puede estar alguna vez en un punto de su trayecto. Sí, si la flecha, que es lo móvil, coincide alguna vez con una posición, que es la inmovilidad. Pero la flecha no está nunca en ningún punto de su trayecto. Todo lo más debe decirse que podría estar ahí, en el sentido de que pasa por ahí y de que le estaría permitido detenerse ahí. Cierto que si se detuviese, ahí permanecería, y entonces ya no tendríamos que vérnoslas con el movimiento. Lo cierto es que si la flecha parte del punto A para caer en el punto B, su movimiento AB es tan simple, tan indescomponible en tanto que movimiento como la tensión del arco que la dispara. Igual que el shrapnell, proyectil que por estallar antes de tocar tierra cubre con un peligro indivisible la zona de explosión, la flecha que va de A a B despliega de un solo trazo, aunque en una extensión determinada de duración, su indivisible movilidad. Suponed un elástico que estiráis de A a B, ¿podríais dividir su extensión? El curso de la flecha es esa extensión misma, tan simple como ella, indivisible como ella. Es un solo y único salto. Fijad un punto C en el intervalo recorrido y decid que en un determinado momento la flecha estaba en C. Si hubiese estado ahí, supondría que se había detenido, y entonces no tendríais un trayecto de A a B, sino dos trayectos, uno de A hasta C y otro de C a B, con un intervalo de reposo. Un movimiento único es completamente, por hipótesis, movimiento entre dos paradas; si hay detenciones intermedias no se trata de un movimiento único. En el fondo, la ilusión procede de que el movimiento, una vez efectuado, ha dejado a lo largo de su trayecto una trayectoria inmóvil sobre la que se pueden contar tantas inmovilidades como se quiera. De ahí se concluye que el movimiento, al efectuarse, deja en cada instante, por debajo de él, una posición con la que coincidía. No se ve que la trayectoria se cree de golpe, aunque para esto necesite un determinado tiempo, ni que, si puede dividirse a voluntad la trayectoria una vez creada pueda dividirse su creación, que es un acto en progreso y no una cosa. Suponer que el móvil está en un punto del trayecto es cortar, mediante un tijeretazo dado en ese punto, el trayecto en dos y sustituir por dos trayectorias la trayectoria única que se consideraba en primer lugar. Es distinguir dos actos sucesivos allí donde, por hipótesis, no hay más que uno. Es, por último, llevar al curso mismo de la flecha todo cuanto puede decirse del intervalo que ha recorrido, es decir, admitir a priori el absurdo de que el movimiento coincide con lo inmóvil.

Texto 3: El pensamiento y el movimiento, en Memoria y vida. Textos escogidos por Gilles Deleuze, Alianza, Madrid 1977, p. 20-21.

Henri Bergson: la duración es lo indivisible y lo sustancial

Es precisamente esta continuidad indivisible de cambio lo que constituye la duración verdadera. No puedo entrar ahora en el examen profundo de una cuestión que he tratado en otro lado 9. Me limitaré, pues, a decir, para responder a quienes ven esta duración «real» no sé qué de inefable y de misterioso, que es la cosa más clara del mundo: la duración real es lo que siempre se ha llamado el tiempo, pero el tiempo percibido como indivisible. No estoy en desacuerdo con que el tiempo implica sucesión. Pero que la sucesión se presente en primer lugar a nuestra conciencia como la distinción de un «antes» y de un «después» yuxtapuestos, eso ya no podría aceptarlo. Cuando escuchamos una melodía, tenemos la impresión más pura de sucesión que podemos tener -una impresión tan alejada como es posible de la de simultaneidad-, y sin embargo es la continuidad misma de la melodía y la imposibilidad de descomponerla lo que causa en nosotros esa impresión. Si la descomponemos en notas distintas, en tantos «antes» y tantos «después» como nos plazca, estamos mezclando imágenes espaciales e impregnamos la sucesión de simultaneidad: en el espacio, y sólo en el espacio, hay distinción nítida de partes exteriores unas a otras. Reconozco, por otro lado, que por regla general nos colocamos en el tiempo espacializado. No tenemos ningún interés en escuchar el zumbido ininterrumpido de la vida profunda. Y, sin embargo, la duración real está ahí. Gracias a ellas tienen lugar en un solo y mismo tiempo los cambios más o menos largos a que asistimos en nosotros mismos y en el mundo exterior.

Así, se trate del interior o del exterior, de nosotros mismos o de las cosas, la realidad es la movilidad misma. Esto es lo que yo expresaba al decir que hay cambio, pero que no hay cosas que cambian.

Ante el espectáculo de esta movilidad universal, algunos de nosotros se sentirán presas del vértigo. Están acostumbrados a la tierra firme; no pueden adaptarse al balanceo y al cabeceo. Necesitan puntos «fijos» a los que amarrar el pensamiento y la existencia. Creen que si todo pasa, nada existe; y que si la realidad es movilidad, no existe en el momento en que se la piensa, que escapa al pensamiento. Según dicen, el mundo material va a disolverse y el mundo va a ahogarse en el flujo torrencial de las cosas. ¡Qué se tranquilicen! Si consienten en mirarlo directamente, sin velos interpuestos, el cambio les parecerá muy pronto como lo más sustancial y duradero que el mundo puede tener. Su solidez es infinitamente superior a la de una fijeza que no es más que un acuerdo efímero entre movilidades.

Texto 4: Materia y memoria, en Memoria y vida. Textos escogidos por Gilles Deleuze, Alianza, Madrid 1977, p. 22-23.

Henri Bergson: la duración es lo absoluto

Mientras apoyéis el movimiento contra la línea que recorre, el mismo punto os parecerá, alternativamente, según el origen a que lo refiráis, en reposo o en movimiento. No sucede lo mismo si extraéis del movimiento la movilidad que constituye su esencia. Cuando mis ojos me ofrecen la sensación de un movimiento, esta sensación es una realidad, y algo pasa realmente, bien que un objeto se desplaza ante mis ojos, bien que mis ojos se mueven ante el objeto. Con mayor motivo estoy seguro de la realidad del movimiento cuando lo produzco después de haber querido producirlo, y el sentido muscular me aporta la conciencia de él. Es decir, toco la realidad del movimiento cuando a mí, interiormente, se me aparece como un cambio de estado o de cualidad. Pero entonces, ¿por qué no había de ocurrir lo mismo cuando percibo cambios de cualidades en las cosas? El sonido difiere absolutamente del silencio, de igual forma que un sonido de otro sonido. Entre la luz y la oscuridad, entre los colores, entre los matices, la diferencia es total. El paso de uno a otro también es un fenómeno absolutamente real. Tengo, por tanto, los dos extremos de la cadena, las sensaciones musculares en mí mismo, las cualidades sensibles de la materia fuera de mí, y ni en un caso ni en otro capto el movimiento, si es que hay movimiento, como una relación simple: es un absoluto. Entre estos dos extremos vienen a situarse los movimientos de los cuerpos exteriores propiamente dichos. ¿Cómo distinguir aquí un movimiento aparente de un movimiento real? ¿De qué objeto, percibido exteriormente, puede decirse que se mueve, de cuál puede decirse que permanece inmóvil? Plantear una cuestión semejante supone admitir que la discontinuidad establecida por el sentido común entre objetos independientes unos de otros, con individualidad propia cada uno de ellos, comparables a especias de personas, es una distinción fundada. En efecto, en la hipótesis contraria no se trataría de saber cómo se producen, en tales partes determinadas de la materia, los cambios de posición, sino cómo se realiza, en el todo, un cambio de aspecto, cambio del que, por otra parte, quedaría por determinar la naturaleza.

M. M. 218-220

Texto 5: Materia y memoria, en Memoria y vida. Textos escogidos por Gilles Deleuze, Alianza, Madrid 1977, p. 34-35.

Henri Bergson: plantear los problemas en términos de duración

Para nosotros no hay jamás otra cosa que lo instantáneo. En lo que designamos con ese nombre entra ya un trabajo de nuestra memoria, y, por consiguiente, de nuestra conciencia que prolonga unos en otros, de tal forma que los captamos en una intuición relativamente simple, momentos tan numerosos como se quiera de un tiempo indefinidamente divisible. Ahora bien, ¿dónde está precisamente la diferencia entre la materia, tal cual el realismo más exigente podría concebirla, y la percepción que de ella tenemos? Nuestra percepción nos ofrece del universo una serie de cuadros pintorescos, pero discontinuos: de nuestra percepción actual no sabríamos deducir las percepciones ulteriores porque no hay nada, en un conjunto de cualidades sensibles, que deje prever las cualidades nuevas en que se transformarán. Por el contrario, la materia, tal como el realismo la plantea por regla general, evoluciona de forma que es pueda pasar de un momento al momento siguiente por medio de deducción matemática. Cierto que entre esta materia y esta percepción el realismo científico no podría encontrar un punto de contacto, porque desarrolla esta materia en cambios homogéneos en el espacio, mientras limita esta percepción mediante sensaciones inextensivas en una conciencia. Pero si nuestra hipótesis tiene fundamento, fácilmente se ve cómo percepción y materia se diferencian y cómo coinciden. La heterogeneidad cualitativa de nuestras percepciones sucesivas del universo lleva a que cada una de estas percepciones se extienda ella misma sobre un cierto espesor de duración, a que la memoria condense allí una multiplicidad enorme de conmociones que se nos aparecerán todas en bloque, aunque sucesivamente. Bastaría con divisar idealmente este espesor indiviso de tiempo, con distinguir ahí la deseada multiplicidad de momentos, con eliminar toda memoria, en resumen, para pasar de la percepción a la materia, del sujeto al objeto Entonces la materia, convertida paulatinamente en más y más homogénea a medida que nuestras sensaciones extensivas se repartan en un número mayor de momentos tendería indefinidamente hacia ese sistema de conmociones homogéneas de que habla el realismo sin por ello, ciertamente coincidir jamás de modo absoluto con ellos. No habría necesidad de presentar a un lado el espacio con los movimientos desapercibidos, de otro la conciencia con las sensaciones inextensivas. Al contrario, sería en una percepción extensiva donde sujeto y objeto se unirían en primer término, consistiendo el aspecto subjetivo de la percepción en la contracción que la memoria opera, confundiéndose la realidad objetiva de la materia con las múltiples y sucesivas conmociones en las que esta percepción se descompone interiormente.

Tal es al menos la conclusión que se desprenderá como esperamos, de la última parte de este trabajo: las cuestiones relativas al sujeto y al objeto, a su distinción y a su unión, deben plantearse en función del tiempo antes que en función del espacio.

Para la asignatura de Filosofía Contemporánea
Trabajo de Miguel Ángel Gallardo Ortiz sobre
Bergson, Henri-Louis (1859-1941)
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