Los olores de la Muerte

© 1997, Miguel Angel Gallardo Ortiz

(C) 1997, Cooperación Internacional en Tecnologías Avanzadas, www.cita.es

La Naturaleza es sabia, y suele ser la mejor amiga del Hombre, al que avisa de los riesgos y peligros. El mayor de todos es el de la Muerte y, por muy desagradable que a la inmensa mayoría le resulte, para ciertos profesionales, y para eventuales afectados por su influencia, hay que apreciar en lo que valen sus señales.

La empresa COOPERACION INTERNACIONAL EN TECNOLOGIAS AVANZADAS, en Internet <http://www.cita.es> pretende aportar así, aquí y ahora, científicamente, de forma comprensible y bien justificada, algunas soluciones tecnológicas y sanitarias que estamos en condiciones de ofrecer, y en disposición de mejorar.

No nos vamos a ocupar aquí del diagnóstico de enfermedades mortales, sino de las evidencias de que existe al menos un cadáver cerca, y de los olores de los cementerios urbanos.

La putrefacción humana no es biológicamente muy diferente de la de mamíferos superiores. Actualmente se están realizando muchos experimentos enterrando animales para observar la descomposición de varias especies. Los restos y despojos de mataderos suponen un auténtico problema medioambiental en las zonas afectadas, pero sin perjuicio de que algunas de nuestras conclusiones puedan ser aplicables a otras especies, es el olor del ser humano muerto, para el ser humano vivo, lo que se pone más de manifiesto, entre otros lugares, en las cámaras frigoríficas para la conservación de cadáveres, institutos anatómico-forenses, tanatorios, crematorios y cementerios.

Hay varios ángulos y dinámicas para estudiar objetivamente la putrefacción. Los médicos forenses se han especializado en deducir de diversos indicadores biológicos la fecha y hora más probable de una muerte intentando cerrar lo más posible la horquilla de indeterminación. El cambiante aspecto general de un cadáver, y las fases por las que atraviesan los órganos y tejidos en su descomposición, permiten establecer una secuencia de hechos con los que aproximarse a la verdad desconocida.

Uno de esos indicadores es el olor. Intentemos analizar en lo que sigue las condiciones de las que depende su presencia, y cuál es su evolución más característica.

En primer lugar hay que tener muy en cuenta las causas de la muerte y la edad, constitución y etnia del fallecido. Algunos olores son objetiva y universalmente insoportables, otros tienen mucho más que ver con subjetividades, sensibilidades y prejuicios particulares. Con el mayor respeto por la edad, y por la raza, resulta evidente y muy difícilmente discutible el hecho de que incluso los individuos vivos más aseados pueden desprender olores que para algún otro ser humano resulten repugnantes e insufribles.

Por lo tanto, se deduce que no es nada sencilla la medida y caracterización de los olores en general, ni los de la putrefacción en particular. Para abundar en estas razones podemos difenciar mejor entre la sensibilidad de un forense, un tanatólogo o un exhumador de cementerios, y la de personas muy poco acustumbradas a pestilencias. De hecho, las sensaciones olfativas están estrechamente relacionadas con la psicología del individuo, y existen profundos estudios dedicados a los perfumes basados en la diferente reacción que provocan en el ser humano que bien pueden aplicarse a cualquier tipo de pestilencia.

En la que nos ocupa, sería un error dejar de considerar la posibilidad de que ciertos individuos no perciban como pestilente la putrefacción. Incluso es posible que exista una compleja relación olfativa en necrofilias patológicas, pero lo que es indudable es que no todos olemos, en el sentido olfativo, por igual, ni en grado ni en preferencia, tanto por la constitución y fisiología de la pituitaria, como por la interpretación de su sentido y asociación afectiva o repulsiva, lo cual relativiza en gran medida el objeto de nuestro estudio, hasta el punto, de que un mismo individuo experimenta muy diferentes sensaciones olfativas en distintas edades, e incluso en pocos minutos se reduce o aumenta su sensación de mal olor.

Durante la putrefacción humana se observan una serie de fenómenos biológicos característicos, aunque el tiempo, intensidad y efectos que poducen pueden depender mucho de la temperatura a la que el cadáver está expuesto, humedad y presencia de oxígeno y otros elementos y compuestos químicos, principalmente. El mismo cuerpo humano se cataboliza descomponiéndose en una serie de líquidos y gases con olores característicos, que son los que ahora vamos a considerar.

Si la putrefacción es anaerobia, es decir, sin oxígeno suficiente, los olores pueden apreciarse como mucho más pestilentes. Los exhumadores conocen bien el líquido verdoso que se encuentra cuando un cadáver ha sido inhumado envuelto en bolsas de plástico u otros materiales no biodegradables. En estos casos resulta muy difícilmente soportable, y supone un auténtico peligro para la salud, el respirar cerca del cuerpo exhumado. Se han publicado algunos artículos, y se ha presentado una propuesta al programa de la Unión Europea de Biotecnología 1994-1998 precisamente para estudiar y controlar mediante enzimas las inhumaciones y exhumaciones en cementerios europeos.

Los nichos de cementerios son testigos de la liberación de líquidos y gases que, en ocasiones, hacen estallar y quebrarse construcciones que no han sido debidamente diseñadas. Los nichos bien diseñados deben permitir la salida de los gases, no sin antes desodorizarlos, preferentemente mediante carbón activado.

En cámaras frigoríficas, salas de autopsia, tanatorios y en general, allá donde un cadáver impregna con su olor característico, existen diversas razones para tomar algunas medidas especiales. Entre ellas cabe destacar:
 

  1. Una limpieza intensiva y exhaustiva que evite que se dispersen restos, se impregnen con líquidos los materiales, como telas, instrumentos y mobiliario, y se condensen gases.
  2. Un adecuado acondicionamiento, renovación y evacuación del aire de la sala. No sólo es peligrosa la putrefacción, sino también la presencia de microorganismos, en algunos casos, los mismos causantes de una infección en el fallecido.
  3. Los reactivos químicos utilizados en embalsamamientos y conservaciones de cadáveres son tóxicos o cancerígenos, como es el demostrado caso del formol, y probablemente, de alguno de sus sustitituivos o complementos.
  4. Por razones de psicología laboral, o de atención al público, es conveniente hacer un estudio de los olores inevitables, sus mejores enmascaradores, y elegir el ambientador más adecuado.
Además, existen tecnologías capaces de absorver gran parte de los malos olores por causas orgánicas. Los expertos en alergias han estudiado los efectos de las partículas en suspensión en individuos hipersensibles. El mejor acondicionamiento de salas de uso masivo o deportivo, cuando se ha contemplado el efecto del olor entre los presentes, recomienda la absorción de los olores mediante sistemas termodinámicos.

Existen filtros para radiadores térmicos y para acondicionadores de aire que eliminan gran parte de los olores. Pero la ingeniería ha permitido avanzar un poco más aún en la selectividad y eficacia en la absorción de olores específicos de la putrefacción humana.

La empresa COOPERACION INTERNACIONAL EN TECNOLOGIAS AVANZADAS <http://www.cita.es> dispone de soluciones a la medida, mientras trabaja en proyectos de innovación para el sector funerario.

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